—No lo he olvidado —respondió él,
estudiando su perfil—. Y muchas veces
me he preguntado qué habría pasado
si hubiese yacido contigo sobre el
heno —añadió, aminorando
deliberadamente el paso a medida que
se acercaban a su madre y su
hermana.
A Paula el corazón le dio un vuelco.
—No me habría entregado sin
luchar —le respondió en un tono
desafiante.
Pedro bajó la vista hacia ella, y una
extraña sonrisa arqueó una de las
comisuras de sus finos labios.
—¿Eso habrías hecho? —le preguntó
con voz sensual—. ¿Tienes la
suficiente experiencia como para
saber cuánto excita a un hombre el
que una mujer deseable intente
rechazarlo?
—Dímelo tú —le espetó ella—. Según
parece, crees que me he acostado con
la mitad de la población masculina de
Nueva York.
Pedro enarcó una ceja.
—La verdad es que no sé que pensar
de ti —admitió—. Cuando creo que he
colocado todas las piezas del puzzle
me encuentro con que hay una que
me había pasado desapercibida. De
hecho, estoy empezando a pensar que
eres una cuestión que debería estudiar
más a fondo.
Paula se puso roja como una amapola,
y se sintió furiosa consigo misma por
no poder evitar reaccionar así ante
sus provocaciones. Pues esa vez iba a
ser diferente, se dijo, no iba a lograr
ponerla nerviosa.
—No te hagas ilusiones, no voy a
hacer nada contigo —le advirtió con
aspereza.
—Y yo que tú no daría eso por
hecho —farfulló él, sacando un
cigarrillo del bolsillo de su chaqueta,
y encendiéndolo mientras la miraba de
reojo — Aquella mañana en el establo
me lo estabas pidiendo a gritos.
Paula se estremeció ante el recuerdo
de su propia debilidad ese día, y cerró
los ojos un instante.
—Aunque sea ranchero, eso no
significa que me pase todo el día
entre ganado —le dijo Pedro, dando
una calada al cigarrillo—. Sé qué
hacer con una mujer, Paula, y puedo
llegar a perder la cabeza si me
tientan. Tú estuviste a punto de
conseguirlo, porque los dos sabemos
que tú fuiste responsable de lo que
casi pasó en el establo: los vestidos
escotados, el maquillaje, esas
miraditas de «ven aquí y bésame...»
—Basta, por favor —le rogó ella,
interrumpiéndolo—. No tienes ni idea
de hasta qué punto me arrepiento de
aquello, y te agradecería que no
volvieras a mencionarlo. Por mi parte
no tendrás nada de lo que
preocuparte esta vez. No volvería a
coquetear contigo aunque me dieran
un millón de dólares.
—Y será lo mejor —murmuró él
secamente—. Los rancheros vivimos
con el temor constante de ser
seducidos por las salvajes chicas de
ciudad como tú— añadió con una
nota de ironía en la voz, y esbozando
una media sonrisa.
Paula le habría contestado, pero
habían llegado junto a Luciana y su
madre.
—Cielo santo, el fin del mundo debe
estar próximo —dijo la señora Alfonso
riéndose—. ¿Me engañan mis ojos o
por una vez no estáis discutiendo?
Hasta me ha parecido ver que
sonreías a Paula—dijo mirando
fijamente a su hijo.
Pedro enarcó una ceja.
—No, ha debido ser un espasmo
muscular —respondió.
—Ya decía yo —contestó Ana Alfonso
riéndose. Se volvió hacia la joven y la
abrazó afectuosamente—. Es
maravilloso tenerte aquí, querida.
Entre Pedro haciendo visitas de
negocios aquí y allá, y el repentino
interés de Luciana por la
ganadería... —añadió con una mirada
cómplice a su hija—, ya estaba
deprimiéndome por lo sola que me iba
a sentir este verano —se quedó
mirando a Pau un instante—. Espero
que tú no vayas a interesarte ahora
también por la ganadería.
Paula se echó a reír de buena gana.
—Oh, no, Dios no lo quiera.
—Me alegro —dijo la señora Alfonso—.
Bueno, ¿vamos a casa? No sé a
ustedes, pero a mí no me vendría mal
una taza de café. Pedro, cariño,
¿querrás conducir tú? —le preguntó a
su hijo, colgándose de su brazo.
—¿Cuándo fue la última vez que me
monté en un coche contigo al
volante? —le espetó él burlón.
—Déjame pensar... —murmuró su
madre frunciendo el ceño—. Creo que
cuando tenías trece años y te tuve que
llevar al dentista porque te habías
pegado con Sammy Blain y te había
partido un diente... Fue una suerte
que te lo pudieran pegar.
Echaron a andar, y detrás de ellos,
Lu y Paula, que reprimió a duras
penas una sonrisa. Era agradable ser
parte de una familia, aunque sólo
fuera por unas semanas y no fuera su
familia de verdad.
Desde la ventana de la habitación
donde dormía Paula cada vez que iba a
pasar una temporada a Gray Stag se
veían las montañas. Estaba decorada
en tonos azules y blancos, con
cortinas de encaje y una cama con
dosel.
Mientras cerraba la maleta, tras haber
colocado la ropa en el armario y en
los cajones de la cómoda, Paula se
preguntó quién habría ocupado esa
habitación en la mansión original, en
Borgoña. La Señora Alfonso
tenía ascendencia francesa, y uno de
sus antepasados, al emigrar a Londres,
había hecho copiar el diseño de la
casa para que su esposa no sintiera
tanta nostalgia. Mientras que la
mansión original databa del siglo
XVIII, aquella apenas llegaba a los
cien años, pero tenía mucho encanto, se levantó y abrió la ventana,
inhalando el aire puro del campo,
impregnado con el perfume de las
flores silvestres. A pesar de la
hostilidad de su anfitrión, era
agradable estar allí, y la compañía de
Ana y Lu le compensarían los
encontronazos que pudiera tener con
él.
Se dio la vuelta con un suspiro y una
leve sonrisa en los labios, pero ésta se
borró en cuanto sus ojos se posaron
en la cama, y volvieron a su mente
recuerdos de una noche que había
pasado allí, cuando tenía diecisiete
años, durante las vacaciones de
verano.
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