Ahora ya sabía quién era el
informador secreto de Pedro, el que
le había estado contando mentiras
acerca de su vida y su trabajo...
Ahora ya sabía quién lo había
envenenado contra ella. Allí estaba el
culpable en persona, y con un brillo
en los ojos que le decía que su
retorcida mente tenía reservadas
otras viles artimañas.
¿Y Pedro? Pedro estaba observando
receloso el intercambio de miradas
entre ambos.
—¿Cómo le va, señor Alfonso? —
saludó Bruce a Pedro. Y luego,
volviéndose a ella, le dijo riéndose—
El mundo es un pañuelo, ¿eh,
Paula? —y, para indignación de ella,
tuvo la desfachatez de acercarse y
besarla en la mejilla—. ¿Qué está
haciendo aquí mi chica? — inquirió,
pasándole con frescura un brazo por
los hombros y atrayéndola hacia sí.
Un destello de furia cruzó por los
ojos de Pedro, pero nadie pareció
advertirlo excepto Paula, y cuando él
se volvió hacia Billingsly ya no
quedaba en ellos nada de ese
sentimiento en su expresión, excepto
un poso de burla.
—Te dije que teníamos un conocido
común, ¿recuerdas? —le preguntó a Paula.
—Exacto: yo —dijo Bruce con una
sonrisa—. Y claro, cuando hace unos
meses me enteré de que el señor
Alfonso te conocía, estuvimos
hablando mucho de ti. Me
sorprendió ver que no sabía
demasiado de tu carrera como
modelo.
«Y apuesto a que tú te encargaste de
informarlo, con Dios sabe qué sarta
de mentiras», se dijo Paula con
disgusto. Era igual que todos los
demás ligues de su tía: arrogante,
vanidoso y, también como todos los
demás, ávidos de dinero.
Al no haber logrado mantener el
interés de su tía por él, se había
lanzado a por ella con una
perseverancia agotadora, a pesar
incluso de que ella lo rechazaba una
vez tras otra. Incluso se había
presentado en un par de ocasiones
en el campus, y le había costado
mucho quitárselo de encima.
Alzó la mirada, aprehensiva, hacia
los ojos de Pedro, y tal y como
esperaba no encontró en ellos más
que asco y desprecio. La llegada de
Bruce había matado la confianza que
estaba empezando a crecer entre
ellos. Aquella hermosa mañana se
convertiría tan sólo en un recuerdo.
Jamás volvería a repetirse.
—¿No te alegras de verme, Paulita? —
le dijo Bruce sonriendo y
atrayéndola más hacia sí.
Pedro
hundió las manos en sus bolsillos.
—No me comentaste nada de su
floreciente romance —le dijo a Paula
en un tono venenoso—, pero ahora
que Billingsly está aquí, tal vez
tengan ocasión de retomarlo...
cuando haya terminado de revisar
mis libros de cuentas —añadió con
una sonrisa gélida en dirección a
Bruce
—. ¿Y qué momento mejor que éste
para hacerlo? Sígame, iremos a mi
estudio.
—Pero, Pedro... si acaba de llegar —
protestó su madre, para quien las
buenas maneras eran algo de vital
importancia.
—No ha venido de visita, madre —le
recordó Pedro abruptamente—.
¿Billingsly? Aparentemente, Bruce
sabía que no le convenía soliviantar
al chico cuando había ese matiz
áspero en su voz, porque le contestó
al instante:
—Te veré después, cariño. Tenemos
tantas cosas de qué hablar...
—Ya lo creo —masculló ella,
dirigiéndole una sonrisa venenosa.
Pedro ni siquiera se volvió a mirarla.
—¿De qué diablos va todo esto? —le
preguntó Luciana cuando se hubieron
marchado, y su madre y Lucas
charlaban sentados sobre la marcha
del rancho.
—Es ese tipo del que te hablé —
gimió Paula mirando por la ventana
—, el que no hace más que
perseguirme.
— ¡Cielos, ya recuerdo! —exclamó
Lu—, ¡es aquel que fue a la
facultad a darte la lata! Pero, ¿cómo
puede ser que conozca a mi
hermano?—
Paula se encogió de hombros
—Una desgraciada coincidencia,
supongo — farfulló—. Oh, Luciana,
¿qué voy a hacer? Ahora Pedro
creerá que hay algo entre nosotros, y
sólo Dios sabe qué cosas horribles le
habrá dicho de mí.
Lu estaba empezando a unir
piezas en su cabeza: el rubor de las
mejillas de Paula cuando había
llegado de su paseo a caballo con su
hermano, la expresión inusualmente
tierna en los ojos de él, los labios
algo hinchados de su amiga, las
agujas de pino en su cabello..., de
pronto todo encajaba.
— ¿Qué han estado haciendo en el
bosque aparte de debatir acerca de
la economía mundial? — le preguntó
irónica. Paula se sonrojó
profusamente, dando a su amiga la
respuesta que quería.
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