Durante los días que siguieron,
Bruce seguía cada uno de sus
movimientos como un perro de
presa, y lo único que la consolaba
era que Pedro lo estaba haciendo
sudar tinta. Sin embargo, era
inevitable que en algún momento
tuviera que enfrentarse de nuevo a
aquel canalla, y ocurrió de un modo
inesperado, una mañana que Luciana
y ella iban a ir a nadar. Había
entrado en la casa para recoger las
gafas de sol, que se había dejado en
su dormitorio, y escuchó un largo
silbido cuando bajaba las escaleras.
—Vaya, cada día estás más
hermosa —le dijo Bruce, mirando de
un modo lascivo el vestido amarillo
claro que se había puesto, y debajo
del cual sólo lleva un traje de baño
de dos piezas. Pedro debía haber
salido un momento, porque estaba
apoyado en el marco de la puerta
entreabierta del estudio, y no estaba
allí, a pesar de que la mesa estaba
cubierta de papeles—. ¿Cuándo vas a
dejar de evitarme?
—Nunca —le contestó ella
abruptamente—. Me duele la boca de
decirte que no quiero nada contigo.
¿Por qué no me dejas en paz de una
vez?
—Porque de pequeño siempre me
dijeron que podía conseguir todo lo
que me propusiera si insistía lo
bastante —le contestó con una
sonrisa autosuficiente.
— No a las personas —replicó Paula
—, no se puede obligar a amar a las
personas.
La sonrisa de Bruce se hizo más
amplia.
—¿Quién ha hablado aquí de
amor? —contestó, recorriendo su
cuerpo con una mirada lasciva.
Paula se puso rígida.
—Búscate a otra. Yo no estoy
preparada para esa clase de
relación.
—Eso dices —murmuró él—, pero yo
sé que corren ríos de lava bajo esa
apariencia de reina de las nieves.
Pondría el cuello, y si te mostraras
un poco más receptiva, hasta podría
hacerte cambiar de opinión. No ha
habido una sola mujer que se me
haya resistido.
—Pues mira por dónde te has
encontrado con la primera —resopló
—.Entérate: no quiero nada
contigo —le dijo recalcando cada
palabra—. ¿Tanto te cuesta
entenderlo?
—¿No será qué crees que puedes
camelarte al magnate ese, verdad? —
dijo él en un tono despectivo—. Lo
siento, cariño, pero yo te vi primero,
no voy a dejar que él se lleve el gato
al agua sin siquiera habérselo
trabajado.
—Vete al infierno.
—Puede que acabe allí, no te lo
niego —le dijo Bruce divertido
—, porque no soy un santo, pero te
arrastraré a ti conmigo. Le he
contado ciertos detalles al señor
Alfonso, no muy halagadores me
temo, de tu... estilo de vida. Tú verás
lo que haces, pero si insistes en
despreciarme, pienso seguir jugando
sucio. Eres mía, y no voy a darme
por vencido tan fácilmente.
—Eres... ¡eres escoria! —masculló
ella con los dientes y los puños
apretados—. ¡Sal de mi vida!,
¡Déjame tranquila!
—Ojalá pudiera olvidarme de ti, lo
digo en serio, pero no puedo
hacerlo —murmuró Bruce—. Me
tienes hechizado, Paulita, me vuelves
loco —y antes de que ella pudiera
reaccionar, la agarró por la cintura,
atrayéndola hacia sí.
— ¡Suéltame, maldito! —le ordenó
dándole ****azos en el pecho
e intentando zafarse sin conseguirlo.
—No, no lo haré —farfulló él
—. Todos estos meses
rechazándome... Has hecho trizas mi
orgullo. Ni siquiera permitías que me
acercase a ti, te negabas incluso a
darme una oportunidad, a
conocerme. Bien, pues creo que ha
llegado el momento de que nos
conozcamos, ahora que hemos
coincidido, y que vamos a estar aquí
unos días. Eres libre de no estar de
acuerdo, pero si es así, me
encargaré de hacer que tu rico
anfitrión acabe despreciándote. No
he hecho que mi empresa me
mandara aquí para nada...
—¿Eso crees? —le espetó Paula,
dándole un pisotón y logrando
zafarse al fin.
Bruce se quedó sin aliento, y con el
rostro desencajado, y justo en ese
momento apareció Pedro, que, al ver
la expresión dolorida en el rostro del
contable, y el cabello revuelto de
Paula, sacó sus propias conclusiones.
—Billingsly, mientras esté trabajando
para mí — le dijo con una ira apenas
controlada—, le agradeceré que no
se «distraiga» con nuestra invitada.
Bruce carraspeó.
— Discúlpeme, señor Alfonso, pero
soy un hombre débil, y no he podido
evitar dejarme tentar —añadió con
aspecto avergonzado, entrando en el
estudio.
— Y tú —masculló Pedro mirando a Paula con desprecio—, haz el favor
de contenerte. Es bochornoso.
Debería haberme mantenido firme
cuando le dije a Luciana que no iba a
dejar que vinieras aquí este verano.
No sé a qué estaran acostumbrados
en la ciudad, pero esta es una
comunidad pequeña con un sentido
muy estricto de la moral, así que si
vuelvo a pillarte en esta clase de
comportamiento indecente con tu
«amiguito» bajo mi techo, saldras de
aquí por piernas.
Y, antes de que Paula pudiera
responderle como se merecía, entró
en el estudio y cerró de un portazo.
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