—De momento la tendremos aquí un
mínimo de un día o dos —le dijo el
doctor—. Luego ya veremos.
—De acuerdo —murmuró Paula.
Cuando el médico se hubo
marchado, la joven se recostó, y
miró en derredor con expresión
desolada. Allí estaba, sola en una
habitación de hospital, sin nadie a
quien le importase. La enfermera le
había preguntado si quería que
avisasen a alguien más, pero ella le
había dicho que no. Para su tía
aquello sería un contratiempo que la
irritaría, Pedro la detestaba, y le
había prohibido volver a acercarse a
Luciana.
Rompió a llorar, hundiendo el rostro
entre las manos. Siempre había sido
fuerte, porque no le quedaba más
remedio que serlo, pero en aquel
momento se derrumbó sin remedio.
Todo parecía tan negro...
Al día siguiente las cosas no habían
mejorado sustancialmente, pero con
los cuidados de las enfermeras y la
amabilidad del médico, al menos
Paula se fue animando un poco y el
segundo día, cuando el doctor
Forbes pasó en su ronda de visitas,
le explicó que no podía costearse
una estancia larga en el hospital ya
que no contaba con un seguro, y le
pidió que le diera el alta.
El médico se mostró reticente.
— Bueno —murmuró pensativo, con
el ceño fruncido—, siempre que use
la muleta, no fuerce demasiado la
pierna, y tenga alguien que se ocupe
de usted... Además, tendrá que
cambiar esas vendas cada día.
—Oh, mi tía cuidará de mí —mintió
Paula—. Esta tarde vuelve de
Monaco.
—Está bien —accedió finalmente el
médico—, pero no se olvide de que
la semana que viene tiene que venir
a que le quitemos los puntos.
—Por supuesto —le prometió ella.
Apañárselas sola en el apartamento
fue más duro de lo que había
imaginado. Tenía que ir apoyándose
en la muleta, o saltando sobre la
pierna sana para moverse de una
habitación a otra, y cada paso le
dolía un horror. Si no hubiera sido
porque en la guía encontró un
supermercado cercano que aceptaba
pedidos a domicilio, se habría
muerto de hambre, ya que su tía
había dejado la nevera vacía a
excepción de una caja de leche
cortada y unos huevos caducados:
Una hora más tarde, cuando llegó el
chico del reparto, tuvo la amabilidad
de guardarle las cosas, y después de
que se fuera se preparó una sopa de
sobre y un sándwich sentada en el
silencio del enorme salón. Mientras
masticaba y pensaba en los trabajos
que no podría hacer por el
accidente, sus ojos se llenaron de
lágrimas. Sumida en esos negros
pensamientos, pasó un rato antes de
que se diera cuenta de que el
teléfono estaba sonando. Extendió el
brazo para agarrar el inalámbrico.
—¿Diga?
— ¡Paula! —exclamó Luciana aliviada,
al otro lado de la línea—. ¡Gracias a
Dios! Llevo días llamándote, tratando
de localizarte, y no había manera.
Esta mañana llamé a tu agencia, por
qué ya no sabía qué otra cosa podía
hacer, y me dijeron que habías
tenido un accidente. ¿Es cierto?
Paula se secó los ojos con el puño de
una de las mangas de la camisa.
— S... sí —balbució—. Me lancé
delante de un Cadillac.
— ¿Que hiciste qué?
—Tenía una entrevista de trabajo, y
llevaba unas sandalias con mucho
tacón —le explicó—. El caso es
que salí corriendo para tomar un
taxi, y de pronto di un traspié, hice
unos cuantos pasos de ballet...
totalmente improvisados, quiero
decir... y acabé siendo atropellada
por un Cadillac. ¿Verdad que tengo
buen gusto? —bromeó, no queriendo
preocupar a su amiga.
Pero Lu la conocía demasiado
bien como para dejarse engañar.
—¿Y no te has hecho nada? ¿Por qué
te llevaron sino al hospital?
—Bueno, mi pierna derecha no salió
muy bien parada, y tengo algunos
cortes y magulladuras, pero aparte
de eso estoy bien.
—¿Está tu tía contigo?
—No, gracias a Dios está aún de
viaje —contestó con un suspiro
— Dios, ¡si supieras cuánto me
alegra oír tu voz, Lu...! Estaba
poniéndome melancólica aquí sola.
—¿Seguro que sólo son “unos cortes
y magulladuras”? —insistió su amiga
—. ¿Y qué has querido decir antes
con eso de que tu pierna derecha no
ha salido muy bien parada?
—No es nada, dentro de unos días
estaré bien — mintió Paula—. Sólo
tengo que hacer reposo.
—¿Por qué no dejas que mamá vaya
a recogerte y te vienes al rancho
para que podamos cuidar de ti?
— ¡No! —respondió al instante.
—Pedro no te molestaría, mamá y yo
no se lo permitiríamos —le aseguró
Luciana, adivinando el motivo de su
negativa—. Además, no sé lo que
ocurrió ese día en el estudio, pero la
noche del día que te marchaste se
fue a la ciudad y volvió borracho
como una cuba a las tantas de la
madrugada. Al día siguiente entre la
resaca y el mal humor no había
quien lo aguantara, y esa misma
tarde salió para nuestro rancho de
Australia. Volvió ayer, suave como la
seda, taciturno... no parece el
mismo. Pasara lo que pasara entre
ustedes, está arrepentido.
—Te agradezco el ofrecimiento, pero
no puedo marcharme ahora, por si
me llaman de la agencia — mintió
Paula—. Podría hacer anuncios de
manos, o de labios.
—Oh —murmuró su amiga—.
¿Seguro que me estás diciendo la
verdad? —insistió suspicaz.
—Pues claro. Bueno, ¿y cómo les va
a Lucas y a ti?
—No te lo vas a creer. Lucas decidió,
como yo, que merecía la pena luchar
por nuestro amor, y que si tenía que
enfrentarse a Pedro, lo haría. Le ha
dicho que vamos a casarnos en
diciembre, le guste o no, y que si lo
despide, buscará trabajo en
cualquiera de los otros ranchos de la
zona. ¿Qué te parece?
— Oh, Luciana, me alegro tanto por
ti —le dijo Paula con sinceridad
—. ¿Crees que podría ir a la boda?
—Tonta, tú serás mi dama de
honor —contestó su amiga—, así que
ya te estás dando prisa en ponerte
bien, ¿eh?
—Lo haré —le prometió Paula.
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