domingo, 16 de noviembre de 2014

Capitulo 45: "Sin Despedidas"

— ¿Qué?

Había una verdadera tormenta en los
ojos de Pedro, y estaba lívido
de rabia, aunque Paula no alcanzaba
a comprender por qué.

— Ya me has oído —masculló —.
¡Haz ahora mismo la maleta!

Se giró sobre los talones, bajó los
escalones de la entrada y se alejó
hacia los establos como un gigante
furioso.

Las lágrimas rodaban por las mejillas
de Paula. ¡Estaba echándola! ¿Tanto
la odiaba que no podía soportar su
presencia ni un segundo más? ¿O era
sólo una venganza por que había
herido su ego masculino al negarse a
ser su amante?

Subió las escaleras de la entrada
temblorosa, y después fue al piso de
arriba, a su dormitorio a hacer la
maleta, preguntándose cómo iba a
explicarles su partida a Ana y a
Luciana. Contrajo el rostro irritada.
Debería ser Pedro quien lo hiciese.
¡Bestia arrogante!

Sólo le llevó unos minutos guardar
sus cosas en la maleta, y tras
cerrarla, salió de la habitación y
cerró despacio tras de sí. Tenía que
procurar actuar como si no hubiera
pasado nada, se dijo, no podía
dejarle entrever lo destrozada que
estaba.

Bajó las escaleras, y se encontró a
Pedro hablando con Luciana frente a
la puerta de entrada. El chico alzó la
vista hacia ella al verla aparecer,
vestida con un traje pantalón de lino
blanco y la camisola de tirantes que
se había puesto el día que la llevara
a Banff. Un destello extraño pasó
por sus ojos, pero su rostro
no dejó traslucir ningún sentimiento.

—Le estaba diciendo a Luciana lo de
ese trabajo que te ha salido de
repente —le dijo, mirándola
fijamente, como desafiándola a negar
su mentira.

Paula se aclaró la garganta y decidió
que lo mejor sería seguirle el juego.
—Oh, sí, estoy tan
entusiasmada... —le dijo a su amiga,
forzando una sonrisa radiante
—. ¡Imagínate, dos anuncios para
una firma de cosméticos...!

Pedro pareció incomodarse, y
Luciana entornó los ojos suspicaz.
—Pensé que era un desfile en
Miami —le dijo, lanzando una mirada
a su hermano con el ceño fruncido.

Paula se pasó la maleta de una mano
a otra.
—Um, sí, bueno, es un desfile y dos
anuncios en Miami —murmuró.

— ¿Qué... está pasando aquí? —
inquirió Luciana, mirando a uno y a
otro.

Pedro agarró a Paula del brazo.
— Será mejor que nos vayamos o
perderás el avión —gruñó
arrastrándola fuera—. Luciana,
volveré dentro de un par de horas —
le dijo a su hermana, cerrando la
puerta tras ellos antes de que
pudiera hacerle más preguntas.

—Podrías haber dejado al menos que
me despidiera de ella y de tu
madre —protestó Paula enfadada,
mientras la hacía entrar en el coche.

—Diles adiós con la mano —masculló
él.

Se sentó al volante, puso en marcha
el motor, y a Paula apenas le dio
tiempo a agitar la mano a las dos
mujeres, que habían salido al
porsche y se habían quedado allí de
pie, aturdidas, viendo cómo el auto
se alejaba hacia Calgary.

Paula observó el serio perfil de
Pronto. De pronto estaba dándose
cuenta de las implicaciones que
tendría el haberlo rechazado: no
volvería a verlo... jamás. Las
lágrimas empezaron a agolparse en
sus grandes ojos castaños, y tuvo
que girar el rostro hacia la ventanilla
para que él no lo advirtiera. Tenía
que ser fuerte. Había sobrevivido
sola en el mundo mucho tiempo, y
no tendría más remedio que volver a
hacerlo. Sin embargo, ¡qué duro
resultaba tras haber rozado el cielo
con las puntas de los dedos, tras
haber probado sus caricias y sus
besos...! El pensamiento de los
solitarios años que la esperaban hizo
que sintiera una fuerte punzada en el
pecho que la dejó por un instante
casi sin respiración.

Pedro puso la radio, y un murmullo
de música y noticias invadieron el
espacio cerrado mientras el Porsche
devoraba los kilómetros. Paula
observó que iba incluso a más
velocidad de lo habitual, como si
estuviera ansioso por librarse de ella.

Unos minutos más tarde llegaban al
aeropuerto. Pedro estacionó el
vehículo en el aparcamiento y apagó
el motor, y con él se calló la radio,
dejando un silencio tenso entre ellos.

Durante unos segundos se quedó con
las manos asiendo con fuerza el
volante, para luego soltarlo y
recostarse en el asiento mientras
encendía un cigarrillo.

—¿Tenías que ponerte precisamente
esa camisa de tirantes? —le preguntó
en un tono frío.

Paula evitó su penetrante mirada.
—Era la única limpia que me
quedaba —respondió quedamente—.
Las otras pensaba lavarlas esta tarde.

—¿Te alcanza el dinero?

Paula tragó saliva.
— Por supuesto que me alcanza —
mintió.

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