—Ya entiendo —dijo Luciana
riéndose—. Ahora comprendo por
qué Pedro ha estado tan insoportable
últimamente —murmuró con aire
pensativo
—. Es más, mamá dice que lleva así
desde Semana Santa. Entonces pasó
algo entre ustedes, ¿no es verdad?,
Después de que le tirarás ese cubo
de pienso. Oh, Pau... —le dijo
emocionada con los ojos
brillantes —, ¡si supieras cuántas
veces he soñado con que pudiéramos
ser cuñadas algún día...!
—No digas bobadas —protestó Paula
azorada—. Y no quiero que le digas
nada de esto a nadie: prométemelo,
Luciana. -Su amiga dejó escapar un
largo suspiro.
—Está bien, está bien... —farfulló a
regañadientes—: te lo prometo. Pero
sí que sientes algo por él, ¿no es
verdad?- Paula bajó la vista.
—Sí —admitió en un murmullo
apenas audible.
—¿Y mi hermano? —inquirió
Lu. Pau se encogió de
hombros.
—¿Quién sabe lo que piensa o siente
Pedro? De todos modos ya no
importa. Siempre ha pensado lo peor
de mí, y las mentiras de Bruce no
han hecho sino aumentar su mala
opinión de mí.
—Pero, ¿por qué iba a creer esas
mentiras viniendo de alguien como
Bruce? —repuso Luciana frunciendo
el ceño
—. Yo creo que es lo bastante
inteligente como para reconocer un
caso de celos y orgullo herido
cuando lo ve. Si lo que Bruce busca
es vengarse de ti, Pedro se dará
cuenta.
—¿Eso crees? —contestó
escéptica, meneando la cabeza.
—Pues claro, mujer. Anda, vamos a
la cocina a hacer algo de comer —le
dijo Lu.
—. Um... mamá, vamos a preparar el
almuerzo —le dijo a la señora Alfonso.
—¿Necesitan que les eche una mano?
—se ofreció la mujer.
—Oh, no, no, no te preocupes.
Sigue charlando con Lucas—le dijo su
hija, lanzando una mirada
significativa a su enamorado, que se
sonrojó un poco.
—. No tardaremos nada.
—¿A qué venía esa mirada? —le
preguntó Paula en un susurro
mientras se dirigían a la cocina.
Luciana inspiró profundamente.
—Es que... Lucas va a pedirle consejo
sobre cómo abordar a Pedro.
Quiere... quiere casarse conmigo —
balbució
—. ¡Oh, Pau, quiere casarse
conmigo! —repitió cerrando los
ojos, como si hubiera recibido la
mayor de las bendiciones.
—Si puedo ser de alguna ayuda no
dudes en pedirme lo que quieras.
—Gracias —murmuró Luciana—. La
verdad es que me hará falta toda la
ayuda que pueda conseguir. Sé que
Pedro dirá que soy demasiado joven,
que Lucas no podrá darme la clase
de vida a la que estoy
acostumbrada, que no me haré a
tener menos comodidades... ¡Pero yo
lo amo! —exclamó obstinadamente
—, y haré lo que sea por pasar el
resto de mi vida a su lado, aunque
tenga que sacar agua de un pozo o
confeccionarme mi propia ropa.
Quiero envejecer junto a él, ¡y voy a
luchar por ello, ya lo verás!
—Te creo —aseguró Paula entre risas.
Era muy parecida a Pedro en ese
sentido, y estaba segura de que si
alguien podía hacerle frente, era
ella.
Pedro le dijo a Luciana que Billingsly
y él estaban muy ocupados, y le
pidió que les llevara simplemente
unos sandwiches para almorzar, así
que Paula se vio ahorrada una más
que segura confrontación, pero
nada la salvó de la que tuvo lugar
durante la cena.
Bruce estaba sentado frente a ella, y
le sonreía como un sátiro, mientras
Pedro la miraba furibundo desde la
cabecera de la mesa.
—Creía que estarías trabajando este
verano, Paulita—murmuró Bruce
rompiendo el tenso silencio
—. De hecho por ese motivo pedí
que me asignaran alguna auditoría
en Nueva York.- Paula lo miró con
frialdad.
—¿No me digas? —masculló,
detestándolo por lo que le había
hecho a su ya de por sí frágil
relación con Pedro.
—. Pensé que te había dejado claro
que cuando estoy trabajando no
tengo tiempo para salidas
nocturnas.
—Oh, vamos, nena, no me vengas
con esas —se rió el muy canalla. Sus
ojos adquirieron una expresión
calculadora al notar que Pedro
estaba escuchándolos muy
interesado.
—. ¡Si no hay un sólo club nocturno
de la ciudad donde no te
conozcan...!- Paula frunció las cejas y
apretó la mandíbula.
— ¡Eso no es cierto! —le gritó.
—Bueno, no te pongas así, no pensé
que te molestara tanto que se
supiera —contestó Bruce,
fingiéndose aturdido
—. Además, en el fondo ha sido
mejor que no me mandaran a Nueva
York como pedí —añadió en un tono
desmoralizado
—. La verdad es que no puedo
competir con la clase de hombres
con los que sales. Soy un simple
currante, no un magnate.- Los
dedos de Paula estrujaron la
servilleta sobre su regazo, y por un
instante consideró el arrojarle su
plato del postre a la cabeza. Podía
leer la burla en sus ojos.
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