Había pensado pedírselo prestado a
Luciana, pero él ni siquiera la había
dejado despedirse.
Pedro dio una calada al cigarrillo,
mirándola con los ojos entornados.
—Por supuesto... —la remedó,
riéndose entre dientes. Siempre era
capaz de leer en ella, como en un
libro abierto. Sacó unos cuantos
billetes grandes de su cartera y se
los tendió—. Ya me lo devolverás
cuando empieces a trabajar de
nuevo.
Paula no pudo rechazarlos. Lo único
que tenía en el bolso eran ochenta
dólares. El resto lo había gastado en
la factura del hospital y comida. Sin
embargo, suponía un golpe durísimo
para su orgullo tener que aceptar
caridad de él, y una lágrima de rabia
e impotencia se deslizó por su
mejilla. Volvió otra vez el rostro
hacia la ventanilla para que no la
viera.
—Gracias —murmuró, recobrando la
compostura.
Pedro dio otra calada al cigarrillo.
—¿Te sientes en condiciones para
volver a trabajar? —le preguntó.
—Creo que sí —contestó ella—, y de
todos modos no tengo más remedio
que hacerlo si quiero volver a la
universidad el próximo semestre. Al
menos podré hacer algún trabajo. De
lejos y con maquillaje la cicatriz de
la mejilla no se verá.
Pedro resopló y giró el rostro
también hacia su ventanilla. Se veía
molesto luego se paso una mano por
el cabello.
—Esto ha sido idea tuya, no mía —le
espetó acusador, mirándola con sus
fieros ojos mieles.
Paula parpadeó.
—¿El qué?
—Volverte a Nueva York —gruñó él
—, a tu maravillosa carrera de
modelo —añadió sarcástico—. Es lo
único que te importa, ¿no es así?
Ella se mordió el labio inferior.
Todavía estaba a tiempo de cambiar
de opinión, de aceptar lo que le
proponía aunque no fuese lo que ella
quería, pero no podía, no podía
sacrificar su orgullo, su amor
propio... por unas cuantas noches
con él.
Miró por la ventanilla, observando
con odio los aviones que
despegaban. Uno de esos aviones la
alejaría de él para siempre. De
pronto notó que los dedos de Pedro
acariciaban su cabello, y se volvió,
mirándolo a los ojos desesperada. El
instante durante el que
permanecieron así, mirándose el uno
al otro pareció eterno.
—Ven aquí y bésame —le dijo Pedro
con voz ronca, atrayéndola hacia sí.
Dejando escapar un sollozo, Paula
dejó que la abrazara, y Pedro apagó
el cigarrillo antes de inclinar la
cabeza y posar sus labios sobre los
de ella.
Al cabo de unos segundos, la
respiración de Paula se tornó
entrecortada, y le devolvió el beso
con ternura, mientras trazaba con
dedos temblorosos las duras
facciones masculinas.
—Bésame de verdad, Paula—le
susurró Pedro.
—No puedo —gimió ella, ocultando
el rostro en el hueco de su cuello—.
Oh, Pedro, ¡no puedo!
Había angustia en su voz, y los
brazos del chico la atrajeron más
hacia sí, apretándola contra su
cuerpo.
—Dime la verdad, ¿quieres marcharte? —le
preguntó muy serio.
—Tengo que hacerlo —respondió ella
con voz ahogada, contra el cuello de
su camisa.
—¿Por qué?
—Tú sabes por qué —le dijo Paula,
cerrando los ojos.
Era maravilloso estar así, entre sus
brazos, tan cerca de él, sintiendo su
aliento, los latidos de su corazón...
—Creía saberlo —asintió él—, pero
me parece que tú tienes tan pocos
deseos de salir del coche como yo
de que te vayas. No es por ese
condenado contable, nunca ha sido
por él, ni por tu trabajo como
modelo, ¿verdad? —le dijo,
haciéndola que levantase el rostro
para mirarla a los ojos—. Creo que
deberías decirme la verdad... antes
de que nos destroces la vida a los
dos.
El corazón le dio un vuelco a Paula.
—¿A los dos? —repitió en un hilo de
voz incrédula, y al mismo tiempo
advirtiendo una nota nueva en la voz
de Pedro, como un sí...
Él la besó de nuevo,
desesperadamente, y Paula cerró los
ojos, dejando escapar un suave
gemido. Acabaría cediendo, a pesar
de todo, y él acabaría odiándola
algún día por haberlo hecho. Las
lágrimas se agolparon en sus ojos.
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