domingo, 16 de noviembre de 2014

Epilogo Ultima Parte

Me desperté porque sentía un dolor
terrible, mire el reloj y eran las tres
de la mañana, Pedro estaba
durmiendo tranquilamente hasta que
empecé a llamarlo.

-Pedro! despierta- le dije, mejor
dicho le grite mientras movía su
brazo-

- ¿Qué pasa cariño?- dijo con la voz
adormilada y los ojos cerrados-

- Pedro, las bebés…-

- Las bebés ¿Qué?- pregunto ahora si
despertando-

- Ya van a nacer, llévame al
hospital ahora!- dije desesperada-

Pedro se levanto enseguida y fue por
la maletita donde habíamos puesto la
ropa para cuando nacieran las
bebés.

Íbamos en camino al hospital pero el
dolor se estaba volviendo
insoportable, sentía que iba a
morir…jamás me magine que se
fuera a sentir así.

Pedro le hablo a Ana quien dijo que
llegaría lo mas pronto posible.

En cuanto entramos al hospital me
llevaron a una habitación en silla de
ruedas, lo único que quería en ese
momento era tener a mis hijas y
terminar con el terrible dolor que
sentía.

-Pedro…me voy a desmayar- dije
llorando de desesperación y
apretando su mano-

- No cariño, no te vas a desmayar…
tranquila mi Amor-

- ¿Lista Pau? Ya vamos a la sala de
parto- entro diciendo el doctor-

- No, no estoy lista!-

- Si lo estas cariño-

- Cállate Pedro, tu no eres el que
sufre!-

Entramos a la sala de parto y el
miedo y los nervios me invadieron
por completo, lo único que me hacia
sentir mejor era tener a Pedro a mi
lado.

-Sigue pujando Pau, ya falta poco-
dijo el doctor-

- No puedo…-

- Claro que puedes cariño- me gire a
ver a Pedro  cuando dijo eso-

- Te odio Pedro! todo esto es tu
culpa- no dejaba de apretar su
mano, estoy segura de que le duele
pero no esta en condiciones de
quejarse cuando yo soy la que esta
teniendo no solo uno sino dos bebés,
besaba mi frente de vez en cuando
para “apoyarme”-

- No decías eso mientras….- no lo
dejo terminar-

- Ya cállate!-

- Vamos Pau solo un poco mas-

Por fin escuche un chillido y luego
otro, fue cuando supe que mis
hermosas bebés habían nacido.

Una de las enfermeras se acercó a
Pedro y le entrego a una de las bebés
y otra de las enfermeras fue hacia
donde yo estaba y me entrego a la
otra bebé.

-Son hermosas- dijo Pedro y luego
beso mis labios-

Una vez que estábamos de nuevo en
la habitación del hospital
empezamos a hablar sobre los
nombres que habíamos pensado.

-¿Cómo se van a llamar?-

- ¿Qué te parece Ashley?- me dijo
viendo a la bebé que tenia en sus
brazos-

- Si, me gusta ese nombre ¿y la
otra?-

- No se, tu elije-

- ¿Madisson?-

- Perfecto, entonces tu serás
Madisson- dijo tocando la nariz de la
bebé que yo estaba cargando- y tu
Ashley- y acaricio su manita-

- Te ves tierno con ella-

- Soy feliz ¿sabes?-

- Ah si ¿Por qué?- pregunte aunque
sabía perfectamente el motivo-

- Porque estoy con mis tres
princesas-

Ana,junto con Luciana y Lucas su
hijo llegaron como media hora
después, entraron a verme y
estuvieron una rato con las bebés,
Ana estaba emocionada y no dejaba
de decirnos lo feliz que estaba de
poder tener otras nietas y de vernos
juntos, dice que formamos una
hermosa pareja y que nuestra familia
va a ser perfecta.

3 años después

-Ashley apúrate que van a llegar
tarde! Pedro!-

- Mami ¿Ya nos podemos ir?- me
pregunto mi pequeña Madisson-

- No linda, tenemos que esperar a tu
hermanita y a tu papi-

- Pero mami…-

- Ven aquí linda- dije tomándola en
mis brazos- Pedro!- grite
nuevamente-

- Aquí estamos- dijo bajando con
Ashley-

- Mami!-

- Ven mi amor- Ashley se acercó a
mi y se aferro a mi pierna- Pedro,
solo te pedí que terminaras de
vestirla mientras yo hacia su
desayuno-

- Lo siento cariño pero no soy
experto en esto-

- Tres años y todavía no te
acostumbras?!-

- No te enojes mi amor- dijo
besándome, yo solo sonreí-

- Ya, solo llévalas a la escuela-
Me despedí de Ashley y Madisson,
luego fui a mi cuarto a terminar de
arreglarme ya que iba a salir con
Pedro , hoy era su día libre y lo
queríamos aprovechar.

-¿Lista cariño?- me abrazó por atrás
lo cual ocasiono que me espantara-

- Pedro! me espantaste-

- Lo siento, te vez hermosa ¿sabias?-

- Me lo dices todos los días Pepe-

- Y te ves aun mejor así- dijo
acariciando mi vientre-

- No puedes esperar a que nazca
¿cierto?-

- No, ya quiero tener a mi hijo entre
mis brazos-

- Yo también-

- Quien lo diría, tu y yo formando
una hermosa familia después de
habernos odiado, de haber sido
enemigos- dijo besando mi cuello-

- Pero siempre fuiste mi adorable
enemigo -

Final...

____________________

Ahoraaa siii! Finaaal finaal!
Muchas gracias x leer y por el aguante!!
Comenten si les gusto!!
Besoos! Soy @letipauliter

Epilogo parte 2

Pedro y yo nos empezamos a besar
de una forma apasionada y
desesperada a la vez, esta vez sabia
que nada ni nadie nos interrumpiría
por fin estaría con el de la forma
en la que tantas veces pensé y desee.

Poco a poco nos fuimos acercando
mas a la cama hasta que Pedro me
dejo caer lenta y delicadamente.

-Esta vez no me pienso detener
Amor, lo prometo-

- Mas te vale Pedro ya me haz hecho
esperar demasiado- el se rio y luego
siguió besándome como solo el sabe
hacerlo-

- Pues su tiempo de espera termino
señora Alfonso- no pude evitar sonreír
al escuchar eso “señora Alfonso” ahora
estoy casada con Pedro lo que
significa que nadie nos podrá separar
de ahora en adelante-

- Señor Alfonso, mejor cállate y
bésame-

- Lo que ordenes linda-

Pedro empezó a acariciar mi piernas
pero sin prisa, aunque como el dijo
el otro día, tendríamos toda la vida
para hacer el amor.

Empecé a recorrer su cuerpo con mi
manos a lo cual el solo sonreía
pícaramente.
En poco minutos nuestra ropa
desapareció por completo y quedo
esparcida por toda la habitación del
hotel.

Pedro se acomodó encima de mi,
beso mis labios dulcemente y luego
me miro a los ojos directamente
para después penetrarme de una vez
por todas, había perdido
el miedo completamente y todos los
recuerdos de lo que viví a los 14
años desaparecieron, en ese
momento no podía pensar en nadie
mas que no fuera Pedro y en el
placer que me estaba dando,
pequeños gemido se escapaban de
mi boca y de la de mi marido, lo único
que se escuchaba en la habitación
eran gemido y jadeos de parte de
ambos y los “te amo” que me decía.

Lo amaba jamás dejaría de hacerlo, a
pesar de que el me molestaba yo lo
seguía amando y ese amor que
siento por el jamás se terminara.

Una vez que terminamos de hacer el
amor, Pedro me atrajo hacia el e
hizo que recargara mi cabeza en su
pecho, me sentía tan bien estando
así.

2 años después……

-Pedro, tengo que decirte algo- dije
emocionada-

- ¿Qué pasa Cariño?-

- Estoy embarazada!- dije dando
saltitos y es que
habíamos intentado tener un bebé
pero nunca paso, hasta ahora, Pedro
sonrío de oreja a oreja y me empezó
a dar vueltas en el aire mientras yo
me reía-

- Te amo, te amo, te amo, me haces
el hombre más feliz del mundo, te
amo- me dijo besándome entre cada
“te amo”-

- Y yo a ti - ahora fui yo quien
lo besó-

- ¿Puedes creerlo? Por fin vamos a
ser papás!-

- Lo se Amor, vamos a tener un
bebé-

- Ya quiero contárselo a mi mamá, a
Luciana, a…-

- A todos Pepe! Por fin formaremos
una familia como siempre quisimos-

- Ven mi amor- dijo besándome y
luego cargándome-

Pedro no pudo esperar mas y ese
mismo día fuimos al rancho a ver a
Ana, en cuanto le dijimos que iba a
ser abuela grito de emoción y nos
abrazó tiernamente, nuestro bebé va
a ser su segundo nieto ya que
Luciana y Lucas nos ganaron, ellos
tienen un hermoso niño de tan solo
un año el cual se parece mucho a
su papá pero tiene los mismos ojos de
Lu.

Los meses pasaron rápidamente y
cada día se me notaba la panza de
embarazada, Pedro se la pasaba
diciendo que me veía hermosa lo
cual me hacia sentir mejor.

-Cariño ¿Qué te parece si
empezamos a decorar el cuarto de
las bebés?- iba a tener gemelas,
estaba aun mas feliz ya que desde
pequeña quise tenerlas y ahora es
realidad y lo mejor es que es con
Pedro-

- Si, tengo muchas ideas-

- ¿Cuáles?- pregunto abrazándome-

- Podemos pintar el cuarto de rosa
pastel con florecitas de colores o de
blanco con mariposas rosadas y
naranjas- dije emocionada-

- ¿De donde sacaste esas ideas Pau?-

- Lo vi en revistas, ah y también
había una en la que la pared estaba
pintada de blanco y tenia dibujado
un árbol bueno como ramas y una
flores…-

- ¿Un árbol?- pregunto mirando
extraño-

- Si Pepe un árbol-

- ¿Cómo se ve eso?-

- Hermoso, perfecto para nuestras
bebés-

Y así estuvimos un rato
decidiendo como íbamos a decorar
el cuarto de nuestras hijas, los dos
estábamos emocionados y era lógico
somos nuevos en esto y la felicidad
que sentimos en este momento nadie
no las puede quitar.

Epilogo parte 1

Al final ella termino arrepintiéndose
de casarnos el mismo día que Lucas y
Luciana, quiere que sea algo
especial, solo para nosotros así que
será como Paula quiera.
………………………………………………………………………………

-Aun no puedo creer que estés
casada Lucina-

- Y yo aun no puedo creer que te vas
a casar con mi hermano-

- Pues créelo, Pedro y yo nos vamos
a casar hoy mismo-

- Lo se y me alegro por ti, siempre
te dije que el sentía algo hacia ti y
no me equivoque, lo que no
entiendo es porque nunca me dijiste
que Pedro te gustaba-

- Era vergonzoso decir que estas
enamorada del hermano de tu mejor
amiga el cual te trata de la peor
forma posible, te insulta  te hace
sentir miserable y como una basura-

- Paula ya deja de decir eso, pensé
que ya lo habías perdonado-

- Ya lo perdone solo estoy
respondiendo a tu pregunta-

- Bueno entonces dejemos ese tema,
tenemos que apurarnos todavía te
tienen que peinar y maquillar para
que quedes aun mas hermosa-

Los nervios empezaron a invadirme
mientras terminaban de
maquillarme, sabía que faltaban
menos de dos horas para
encontrarme en el altar con Pedro y
por fin poder estar juntos pero me
da miedo tan solo pensar que el se
llegue a arrepentir y me deje ahí
plantada aunque dudo que pase dijo
que me ama y que no podría vivir
sin mi, me ama no me dejaría ahí
sola….

Fui caminando tomada del brazo de
Lucas y una vez que llegue ahí no
pude evitar sonreír al ver a Pedro, se
veía aun mas guapo que de
costumbre y la forma en la que me
miraba hacia que mi corazón latiera
a mil por hora.

-Te ves hermosa Cariño- dijo en un
susurro mientras el padre empezaba
a hablar-

- Y te vez muy guapo-

**********************************

-Los declaro marido y mujer, puede
besar a la novia-

Pedro me beso de una manera
completamente distinta a las otras,
era nuestro primer beso de
casados…todos empezaron a aplaudir
y nosotros solo nos miramos, el me
dedico una hermosa sonrisa que
reflejaba la felicidad que sentía en
este momento.

Una vez que la ceremonia término
nos fuimos directo a la nuestra
pequeña fiesta ya que decidimos
hacerla solo con nuestros amigos
mas cercanos y los familiares de
Pedro, mi tía no quiso ir y la verdad
no me importa, por suerte de ahora
en adelante no tendré que verla ni
estar soportándola todos los días.

Lo que estaba esperando era el
momento en el que Pedro y yo nos
fuéramos y así poder estar a solas
con el…

-Cariño, Pedro y tu ya se van, sus
maletas están listas-

- Gracias Ana-

- No tienes nada que agradecer
linda, ahora eres oficialmente parte
de la familia-

- En verdad te agradezco todo lo que
has hecho por mi Ana, no se que
hubiera hecho sin ustedes-

- No pienses en eso Pau ahora solo
concéntrate en Pedro y tu, en su
noche de bodas y su luna de miel-

Ana me miro de una forma
divertida y yo simplemente me reí
aunque se que al mismo tiempo me
había sonrojado-

- Ya nos vamos mi amor- llego Pedro
rodeándome con sus brazos-

- Adiós Ana, me despides de
Luciana, es que no la encontré por
aquí-

- Claro linda, de seguro esta con
Lucas-

- No lo dudo- contesto Pedro, me
sorprendió que se haya
acostumbrado a ver a Luciana con
Lucas juntos tan rápido- Adiós
mamá-

- Adiós bebé- escuchar a Ana
llamarle así a Pedro y ver su
reacción ocasiono que me riera-

- Mamá! No soy un bebé-

- Lo se hijo pero para mi siempre
lo serás, ahora ya no les quito mas
tiempo, diviértanse- dijo
guiñándonos el ojo y ambos sabemos
perfectamente a lo que se refería-

- No te preocupes por eso mamá,
claro que nos divertiremos-

- Pedro!- dije reclamando y Ana
simplemente se río-

Narra Pedro FINAL


Una vez que regresamos fue muy
raro tener que explicarles a Luciana y a mi madre todo lo que paso entre Paula y yo, ellas se negaban a creer que nos íbamos a casar después de habernos “odiado” por años y menos
por la forma en la que trate a Paula, aun sigo sintiéndome culpable de cierta forma y es que el simple hecho de imaginarla llorar por mi culpa, por todo lo que le dije e hice me hace sentir mal, pero como ella me dice “eso quedo en el pasado, lo importante es que me amas al igual que yo a ti” ahora me siento mas feliz que nunca y es que sinceramente pensé que lo nuestro iba a ser imposible y ahora me doy cuenta de que no, que a pesar de todo lo que hemos vivido por fin seremos felices para siempre, juntos
como siempre soñé.

· ~ Fin· ~

FINAL DE ESTA HISTORIA!
MAÑANA EPILOGO QUE SON 3 PARTES!
COMENTEN MUCHOO!
Soy @letipauliter

Capitulo 47: "Te amo"

—Tengo que irme —murmuró.

—No puedes irte, tu hogar está
donde yo esté, ¿es que aún no te das
cuenta, Paula?—le dijo Pedro—.
Cuando nos conocimos tú tenías sólo
quince años, y me sentí tan atraído
por ti... Pero también me sentí ruin
por desearte, y desgraciado porque
eras demasiado joven para la clase
de relación que yo necesitaba.
Luego, para cuando cumpliste los
diecisiete, y yo te veía cada día más
hermosa, mi vida se convirtió en un
auténtico tormento. Aquella noche,
durante la tormenta, cuando te vi allí
tendida, con ese camisón
semitransparente... Dios, te deseaba
como un muchacho, pero tuve que
obligarme a salir de la habitación,
porque eras demasiado joven, e
inocente, y tenía miedo de dejarme
llevar. Te deseaba tanto que creía
que iba a volverme loco. Por eso
tenía que hacerte creer que te
odiaba, porque era el único modo de
protegerte de mí. Si te hubiera
besado aquella noche, no sé lo que
habría podido pasar —le confesó.
Paula lo miraba asombrada, sin poder
dar crédito a lo que estaba
escuchando—. Después, en la
Semana Santa de este año, cuando
empezaste a coquetear conmigo, a
insinuarte... sólo me faltó abandonar
el país. Lo que hice aquel día en el
establo... tenía que hacerlo, ¿lo
comprendes? Tenía que lograr que
me detestaras, porque si no, habría
perdido la cabeza por completo. Y
luego Billingsly... llenándome la
cabeza de mentiras... tenía tantos
celos de él, que lo habría matado.

Paula sintió que el corazón iba a
estallarle de dicha, pero no se
atrevía aún a creer...

—Pedro, tú... ¿sientes algo por
mí? —le preguntó tímidamente.

—¿Que si siento algo por ti? —él
cerró los ojos y volvió a abrirlos.
Tomó el rostro de la joven entre sus
manos y lo acarició—. Te amo, Paula,
te amo tanto que siento que si no te
tengo a mi lado me moriré. No
quiero que te alejes de mí, quiero
compartir mi vida contigo, pasar
contigo los buenos momentos y los
malos... tú lo eres todo para mí,
Pau, ¿no lo sabías?

Las lágrimas manaban ya libremente
de los ojos de Paula, y no podía
detenerlas. Con dedos temblorosos
acarició el rostro de Pedro,
mirándolo con adoración.

Pedro contuvo el aliento ante las
emociones que podía leer en las
facciones de ella, y cerró los ojos un
instante.

—Dios, he estado ciego todo este
tiempo, ¿no es verdad? —le preguntó
con voz ronca—. Estás enamorada de
mí...

Ella asintió con la cabeza y sonrió
entre las incesantes lágrimas.
—No puedo recordar un solo
momento desde que te conozco en el
que haya dejado de amarte —le dijo
con voz entrecortada—, pero yo
creía que tú sólo querías tener un
romance conmigo.

—Y lo quiero —la picó él, burlón,
devorándola con los ojos—, un
romance de sesenta años, con hijos e
hijas, y tú cada noche en mi cama,
incluso en las noches en que estemos
demasiado cansados para hacer el
amor.

_____ dejó escapar un suspiro de
felicidad, y lo besó, hundiendo a
continuación de nuevo el rostro en
su garganta.

—Yo también te amo, Pedro, y te
deseo, pero no quiero que nuestros
hijos sean ilegítimos...

Pedro se rió suavemente.
—Entonces deberíamos casarnos
antes de discutir cuántos tendremos.

— ¿Has dicho casarnos? —le
preguntó Paula, echándose hacia
atrás, con los ojos muy abiertos.

Pedro asintió con la cabeza, y ella
esbozó una sonrisa picara—. ¿El
señor “libre-como-el-viento”?,
¿Dispuesto a contraer matrimonio?

—¿Y qué me dices de ti? —bromeó
él a su vez—. Creo recordar no sé
qué que me dijiste sobre que no
podrías pasar noventa y nueve años
conmigo.

—¿Eso fue... antes o después de que
me echarás de Gray Stag?

—Creía que te importaba menos que
tu carrera de modelo, y que no
querías un futuro a mi lado —le
confesó él—. Estaba destrozado.

—Tú eres lo único que quiero —le
dijo ella con voz queda—, tú y los
hijos que Dios quiera darnos.

El corazón de Pedro se saltó un
latido.
—¿Y qué me dices de tus clases? ¿No
pensarás dejarlas? No quiero que las
dejes por mí.

—Bueno, hay una universidad en
Calgary —repuso ella con una
sonrisa.

—En ese caso será mejor que vayas a
matricularte antes de que nos
casemos.

—¿Tan pronto quieres casarte? —
inquirió ella, mirándolo a los ojos.

—Lo antes posible —le dijo
besándola.

Paula respondió con auténtica
pasión, y pronto estuvieron perdidos
el uno en el otro. De hecho, pasaron
varios minutos antes de que Pedro
despegara sus labios de los de ella, y
observó sus mejillas sonrosadas y
sus ojos brillantes mientras trataba
de recobrar el aliento.

— Será mejor que volvamos al
rancho antes de que nos arresten —
le dijo—. Me haces perder la cabeza.

Paula acarició amorosamente los
finos labios masculinos con sus
dedos.
—A mí me pasa lo mismo.

Pedro besó la mano de la joven, y
dejó que volviera a su asiento,
introduciendo después la llave en el
contacto.
—Me parece que vamos a tener que
dar muchas explicaciones cuando
lleguemos—le dijo.

Paula se rió.
—Luciana no se lo va a creer.
Después de habernos pasado todos
estos años como el perro y el gato...

—Podríamos casarnos el mismo día
que Luciana y Lucas y celebrar así
una boda doble —propuso Pedro.

Los ojos de Paula se iluminaron.
—Oh, Pedro, ¿podríamos?

Pedro volvió a tomar su mano y la
besó.
— Bueno, primero habrá que
consultarlo con ellos —le dijo
—. Vamos a casa.

Abandonaron el aeropuerto, y
cuando hubieron salido a la
carretera, Paula observó con cariño
las Montañas Rocosas a lo lejos.

Miró a Pedro y se sonrieron. Tenía
razón, su hogar estaba donde él
estuviera. Apoyó la cabeza en su
hombro con un suspiro dichoso y
cerró los ojos.

Capitulo 46: "Nos destroces la vida"

Había pensado pedírselo prestado a
Luciana, pero él ni siquiera la había
dejado despedirse.

Pedro dio una calada al cigarrillo,
mirándola con los ojos entornados.
—Por supuesto... —la remedó,
riéndose entre dientes. Siempre era
capaz de leer en ella, como en un
libro abierto. Sacó unos cuantos
billetes grandes de su cartera y se
los tendió—. Ya me lo devolverás
cuando empieces a trabajar de
nuevo.

Paula no pudo rechazarlos. Lo único
que tenía en el bolso eran ochenta
dólares. El resto lo había gastado en
la factura del hospital y comida. Sin
embargo, suponía un golpe durísimo
para su orgullo tener que aceptar
caridad de él, y una lágrima de rabia
e impotencia se deslizó por su
mejilla. Volvió otra vez el rostro
hacia la ventanilla para que no la
viera.

—Gracias —murmuró, recobrando la
compostura.

Pedro dio otra calada al cigarrillo.
—¿Te sientes en condiciones para
volver a trabajar? —le preguntó.

—Creo que sí —contestó ella—, y de
todos modos no tengo más remedio
que hacerlo si quiero volver a la
universidad el próximo semestre. Al
menos podré hacer algún trabajo. De
lejos y con maquillaje la cicatriz de
la mejilla no se verá.

Pedro resopló y giró el rostro
también hacia su ventanilla. Se veía
molesto luego se paso una mano por
el cabello.
—Esto ha sido idea tuya, no mía —le
espetó acusador, mirándola con sus
fieros ojos mieles.

Paula parpadeó.
—¿El qué?

—Volverte a Nueva York —gruñó él
—, a tu maravillosa carrera de
modelo —añadió sarcástico—. Es lo
único que te importa, ¿no es así?

Ella se mordió el labio inferior.
Todavía estaba a tiempo de cambiar
de opinión, de aceptar lo que le
proponía aunque no fuese lo que ella
quería, pero no podía, no podía
sacrificar su orgullo, su amor
propio... por unas cuantas noches
con él.

Miró por la ventanilla, observando
con odio los aviones que
despegaban. Uno de esos aviones la
alejaría de él para siempre. De
pronto notó que los dedos de Pedro
acariciaban su cabello, y se volvió,
mirándolo a los ojos desesperada. El
instante durante el que
permanecieron así, mirándose el uno
al otro pareció eterno.

—Ven aquí y bésame —le dijo Pedro
con voz ronca, atrayéndola hacia sí.

Dejando escapar un sollozo, Paula
dejó que la abrazara, y Pedro apagó
el cigarrillo antes de inclinar la
cabeza y posar sus labios sobre los
de ella.

Al cabo de unos segundos, la
respiración de Paula se tornó
entrecortada, y le devolvió el beso
con ternura, mientras trazaba con
dedos temblorosos las duras
facciones masculinas.

—Bésame de verdad, Paula—le
susurró Pedro.

—No puedo —gimió ella, ocultando
el rostro en el hueco de su cuello—.
Oh, Pedro, ¡no puedo!

Había angustia en su voz, y los
brazos del chico la atrajeron más
hacia sí, apretándola contra su
cuerpo.

—Dime la verdad, ¿quieres marcharte? —le
preguntó muy serio.

—Tengo que hacerlo —respondió ella
con voz ahogada, contra el cuello de
su camisa.

—¿Por qué?

—Tú sabes por qué —le dijo Paula,
cerrando los ojos.

Era maravilloso estar así, entre sus
brazos, tan cerca de él, sintiendo su
aliento, los latidos de su corazón...

—Creía saberlo —asintió él—, pero
me parece que tú tienes tan pocos
deseos de salir del coche como yo
de que te vayas. No es por ese
condenado contable, nunca ha sido
por él, ni por tu trabajo como
modelo, ¿verdad? —le dijo,
haciéndola que levantase el rostro
para mirarla a los ojos—. Creo que
deberías decirme la verdad... antes
de que nos destroces la vida a los
dos.

El corazón le dio un vuelco a Paula.
—¿A los dos? —repitió en un hilo de
voz incrédula, y al mismo tiempo
advirtiendo una nota nueva en la voz
de Pedro, como un sí...

Él la besó de nuevo,
desesperadamente, y Paula cerró los
ojos, dejando escapar un suave
gemido. Acabaría cediendo, a pesar
de todo, y él acabaría odiándola
algún día por haberlo hecho. Las
lágrimas se agolparon en sus ojos.

Capitulo 45: "Sin Despedidas"

— ¿Qué?

Había una verdadera tormenta en los
ojos de Pedro, y estaba lívido
de rabia, aunque Paula no alcanzaba
a comprender por qué.

— Ya me has oído —masculló —.
¡Haz ahora mismo la maleta!

Se giró sobre los talones, bajó los
escalones de la entrada y se alejó
hacia los establos como un gigante
furioso.

Las lágrimas rodaban por las mejillas
de Paula. ¡Estaba echándola! ¿Tanto
la odiaba que no podía soportar su
presencia ni un segundo más? ¿O era
sólo una venganza por que había
herido su ego masculino al negarse a
ser su amante?

Subió las escaleras de la entrada
temblorosa, y después fue al piso de
arriba, a su dormitorio a hacer la
maleta, preguntándose cómo iba a
explicarles su partida a Ana y a
Luciana. Contrajo el rostro irritada.
Debería ser Pedro quien lo hiciese.
¡Bestia arrogante!

Sólo le llevó unos minutos guardar
sus cosas en la maleta, y tras
cerrarla, salió de la habitación y
cerró despacio tras de sí. Tenía que
procurar actuar como si no hubiera
pasado nada, se dijo, no podía
dejarle entrever lo destrozada que
estaba.

Bajó las escaleras, y se encontró a
Pedro hablando con Luciana frente a
la puerta de entrada. El chico alzó la
vista hacia ella al verla aparecer,
vestida con un traje pantalón de lino
blanco y la camisola de tirantes que
se había puesto el día que la llevara
a Banff. Un destello extraño pasó
por sus ojos, pero su rostro
no dejó traslucir ningún sentimiento.

—Le estaba diciendo a Luciana lo de
ese trabajo que te ha salido de
repente —le dijo, mirándola
fijamente, como desafiándola a negar
su mentira.

Paula se aclaró la garganta y decidió
que lo mejor sería seguirle el juego.
—Oh, sí, estoy tan
entusiasmada... —le dijo a su amiga,
forzando una sonrisa radiante
—. ¡Imagínate, dos anuncios para
una firma de cosméticos...!

Pedro pareció incomodarse, y
Luciana entornó los ojos suspicaz.
—Pensé que era un desfile en
Miami —le dijo, lanzando una mirada
a su hermano con el ceño fruncido.

Paula se pasó la maleta de una mano
a otra.
—Um, sí, bueno, es un desfile y dos
anuncios en Miami —murmuró.

— ¿Qué... está pasando aquí? —
inquirió Luciana, mirando a uno y a
otro.

Pedro agarró a Paula del brazo.
— Será mejor que nos vayamos o
perderás el avión —gruñó
arrastrándola fuera—. Luciana,
volveré dentro de un par de horas —
le dijo a su hermana, cerrando la
puerta tras ellos antes de que
pudiera hacerle más preguntas.

—Podrías haber dejado al menos que
me despidiera de ella y de tu
madre —protestó Paula enfadada,
mientras la hacía entrar en el coche.

—Diles adiós con la mano —masculló
él.

Se sentó al volante, puso en marcha
el motor, y a Paula apenas le dio
tiempo a agitar la mano a las dos
mujeres, que habían salido al
porsche y se habían quedado allí de
pie, aturdidas, viendo cómo el auto
se alejaba hacia Calgary.

Paula observó el serio perfil de
Pronto. De pronto estaba dándose
cuenta de las implicaciones que
tendría el haberlo rechazado: no
volvería a verlo... jamás. Las
lágrimas empezaron a agolparse en
sus grandes ojos castaños, y tuvo
que girar el rostro hacia la ventanilla
para que él no lo advirtiera. Tenía
que ser fuerte. Había sobrevivido
sola en el mundo mucho tiempo, y
no tendría más remedio que volver a
hacerlo. Sin embargo, ¡qué duro
resultaba tras haber rozado el cielo
con las puntas de los dedos, tras
haber probado sus caricias y sus
besos...! El pensamiento de los
solitarios años que la esperaban hizo
que sintiera una fuerte punzada en el
pecho que la dejó por un instante
casi sin respiración.

Pedro puso la radio, y un murmullo
de música y noticias invadieron el
espacio cerrado mientras el Porsche
devoraba los kilómetros. Paula
observó que iba incluso a más
velocidad de lo habitual, como si
estuviera ansioso por librarse de ella.

Unos minutos más tarde llegaban al
aeropuerto. Pedro estacionó el
vehículo en el aparcamiento y apagó
el motor, y con él se calló la radio,
dejando un silencio tenso entre ellos.

Durante unos segundos se quedó con
las manos asiendo con fuerza el
volante, para luego soltarlo y
recostarse en el asiento mientras
encendía un cigarrillo.

—¿Tenías que ponerte precisamente
esa camisa de tirantes? —le preguntó
en un tono frío.

Paula evitó su penetrante mirada.
—Era la única limpia que me
quedaba —respondió quedamente—.
Las otras pensaba lavarlas esta tarde.

—¿Te alcanza el dinero?

Paula tragó saliva.
— Por supuesto que me alcanza —
mintió.

Capitulo 44: " Vas A Dejarme?"

Durante los días siguientes, Pedro
volvió otra vez a su actitud amistosa,
educada, y nada más. Parecía como
si quisiera dejarle espacio para
respirar, tiempo para considerar ese
paso final, para decidir si podía
conformarse con la única relación
que estaba dispuesto a ofrecerle.

A Paula la asaltaban las dudas. Aun
amándolo como lo amaba, no estaba
segura de poder conformarse con un
romance. Si aceptaba, luego le
costaría todavía más separarse de él
cuando se cansara de ella.

Al responderle que tendría que
bastarle con el deseo, prácticamente
había admitido que eso era todo lo
que sentía por ella. Pero, ¿y para
ella?, ¿Le bastaría a ella con el
deseo? ¿Podía tener éxito una
relación basada sólo en el aspecto
físico? Desde luego su vida sexual
sería maravillosa, de eso no tenía
duda, pero ella se sentía atraída por
él también en un sentido que nada
tenía que ver con lo físico. Le
encantaba sentarse a ver la
televisión con él, cabalgar a su lado,
charlar... La novedad del deseo se
agotaría pronto, y entonces, ¿qué les
quedaría? Se sentiría como un zapato
viejo arrojado a la basura, y no creía
que pudiera soportarlo.

Aquella sería la decisión más difícil
de su vida, pero no podía dejarse
llevar por el corazón si no quería
acabar sufriendo. Además, se sentía
ya mucho mejor, y pronto sería
capaz de volver a hacer su vida
normal. El médico de cabecera de los
Alfonso le había quitado los puntos de
la pierna, y ya podía caminar
bastante bien. La cicatriz de la
mejilla podría disimularse con
maquillaje si la llamaban de la
agencia para algún trabajo... porque
tenía que volver a trabajar para salir
adelante. Y quizá, se dijo sin
convicción, quizá el trabajo llenaría
el vacío insoportable que quedaría en
su vida cuando se alejara de Pedro.

Cortarse una mano le habría dolido
menos, pero sabía que aquello era
algo que no podía eludir.

Después del desayuno lo siguió
fuera, dejando a Luciana y a su
madre desayunando.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Pedro
volviéndose, al ver que había salido
detrás de él—. ¿Necesitas algo, Pau?

— Sí —musitó ella, pasándose la
lengua por los secos labios
—. Mañana vuelvo a Nueva York.

Pedro se quedó mirándola aturdido,
como si lo hubieran golpeado en la
cabeza con una barra de metal.
—¿Qué?

—Que mañana me marcho —repitió
ella—. Tengo que volver a trabajar, y
por suerte mis cicatrices se están
curando bastante rápido. Pueden
disimularse con un poco de
maquillaje y...

—¿Vas a dejarme? —explotó él
—. ¿Así?

Paula vaciló, sorprendida por su
repentino arranque de ira.
—Yo... —comenzó.

—¿Qué? ¿Es ese maldito contable
después de todo? —le gritó él—. ¿O
sólo que eres incapaz de
comprometerte?

— ¡Mira quién va a hablar de
compromisos! —le espetó—. ¡El
señor “libre-como-el-viento”!

— ¡Por amor de Dios! ¿Qué
esperabas?, ¿un contrato de noventa
y nueve años?—rugió.

— ¡No, gracias! —le contestó Paula
irritada—, ¡no creo que pudiera
soportarte durante noventa y nueve
años!

—¿Qué?, ¿Acaso me tienes miedo?

—No te tengo ningún miedo —
replicó ella, poniéndose muy seria
—. Es sólo que quiero más de lo que
tú estás dispuesto a ofrecer, eso es
todo.

—¿Cómo qué? —le espetó él con los
ojos relampagueándole —, ¿portadas
de revistas, pasarelas y hombres
mirándote de manera lasciva
mientras desfilas?

— ¡No te atrevas a meterte de nuevo
con mi trabajo! ¡Es tan digno como
cualquier otro! —le gritó Paula.

Las facciones de Pedro se
endurecieron hasta tal punto que
parecían roca esculpida.
— Sea entonces, vuelve a ese mundo
de cámaras y lujo si es lo que
quieres —le dijo él en un tono gélido
—. De hecho, no tendrás que esperar
a mañana. Esta misma tarde te
llevaré al aeropuerto.

Paula se quedó sin aliento.
— ¿Qué?

___________________________

Ultimos capitulos!!
No se los pierdaan!
Comenteeen muchoooo!!!

Graciaas!
Soy @letipauliter

Capitulo 43: "Que quieres de Mi?"

—Pedro... —murmuró contra
su garganta, empapada por el sudor
—. Pedro...

—La próxima vez... —le prometió él
al oído— no me detendré.
Llegaremos hasta el final.

—Pero, ¿por qué? —gimió ella
confundida—. No quería que
pararas.

Él se rió suavemente.
—Lo sé, pero no quiero ni pensar en
qué diría la señora Peake si entrara y
me encontrara aquí contigo, dando
rienda suelta a mis instintos.

—¿La señora Peake? —repitió Paula,
que en ese momento se había
olvidado del resto del mundo.

—Le he pedido que te suba unas
fresas con nata, ¿recuerdas? —le dijo
él incorporándose y abrochándose la
camisa.

Paula emitió un gemido ahogado.

— ¡Oh, lo olvidé! —murmuró
incorporándose también en la cama,
como un resorte.

Los ojos de Pedro descendieron al
pecho de la joven, y ella se sonrojó
como una adolescente,
apresurándose a taparse.
—No seas tímida conmigo, Paula —la
reprendió él suavemente—. Eres
preciosa.

Ella sonrió como una boba y se
sonrojó aún más.
—Pedro... —le dijo al cabo de un
rato, alzando la mirada hacia él
—. ¿Por qué?

—¿Por qué, qué? —murmuró él.

—¿Por qué has hecho esto? —dijo
ella—. ¿Qué quieres de mí?

—Todo —le respondió él
quedamente.

Paula escudriñó sus ojos verdes
confundida.
—¿Por cuánto tiempo?

Pedro se encogió de hombros.
—¿Quién sabe?

—¿Y qué hay de lo que «yo» quiero?

No le estaba ofreciendo un
compromiso; sólo estaba dándole a
entender que quería algo físico con
ella, quizá de unas cuantas noches,
pero sin ningún tipo de ataduras.

—Sé lo que tú quieres —le dijo él
con una sonrisa malévola—: me
quieres a mí.

Paula, sin embargo, siguió muy seria.
—¿Y a ti... te bastaría el deseo? —le
preguntó desafiante.

Pedro le dirigió una extraña mirada.
— Supongo que tendrá que
bastarme —le respondió enigmático,
pasándose una mano por el cabello.

En ese momento entró la señora
Peake, con una bandeja cargada con
té frío y el cuenco de fresas con nata
que Pedro le había prometido.

—Bueno, señora Peake, la dejo en
sus manos— le dijo él a la mujer—.
Asegúrese de que se lo come todo.
Yo tengo asuntos que atender.

Paula le sonrió cuando se paró en la
puerta para despedirse con un gesto
de la mano.
—Gracias por la terapia —le dijo con
picardía.

Capitulo 42: "El Paraiso"

Los ojos de Paula descendieron hasta
los finos labios de Pedro, y se quedó
mirándolos con una intensidad de la
que ni siquiera era consciente.

Sencillamente no podía evitarlo.

Hacía tanto tiempo desde la última
vez que se habían besado, que la
había estrechado entre sus brazos...

—¿Quieres que te bese? —le
preguntó Pedro en un tono quedo.
Inclinó la cabeza hacia ella—. Vamos,
dilo, no te contengas.

El labio inferior de Paula tembló
ligeramente, recordando aquel día
de Semana Santa, en los establos, el
modo diabólico en que la había
tentado, humillándola, para luego
apartarse.

—No pienso suplicar —le dijo.

En un primer momento, Pedro
frunció el entrecejo sin comprender,
y luego esbozó una sonrisa.

—Manda el orgullo a paseo, Paula—
le susurró. Se inclinó un poco más y
posó sus labios sobre los de ella,
acariciándolos, separándolos con
pericia.
—¿Qué importa quién empiece si los
dos lo deseamos? —le dijo
apartándose un instante mientras sus
dedos se enredaban en el cabello de
Paula.

Él se colocó a horcajadas sobre ella y
se inclinó de modo que Paula pudiera
sentir los fuertes latidos de su
corazón contra su pecho.

—Pedro... —gimió ella subiendo las
manos y despeinándole el cabello.

Cerró los ojos y se arqueó,
apretándose contra su cuerpo.

Aquello era el paraíso...

Pedro tomó sus manos y las colocó
abiertas contra la pechera de su
camisa de algodón.
— Acaríciame, Paula—le susurró
—, frota tus manos por mi pecho.

Ella pasó las palmas por la tela
despacio mientras Pedro la besaba, y
pronto él empezó a excitarse.

—Paula... —jadeó.

Se incorporó un poco,
desabrochándose impaciente la
camisa, y volvió a tomar las manos
de ella, poniéndolas contra su tórax
sudoroso y desnudo.
— Sigue, Por favor Paula, sigue...

Ella se quedó mirándolo fascinada,
sintiendo que el deseo se encendía
dentro de ella, como una llama, y se
deleitó con la sensación nueva para
ella. Tenía un aspecto tan masculino
y sensual así, medio desnudo, con el
cabello revuelto, los labios
ligeramente hinchados, los ojos
entornados con un ardor
indisimulado en ellos...

Los labios de Pedro volvieron a
descender sobre los suyos,
separándolos con una pasión casi
salvaje mientras tomaba lo que
necesitaba de ella. Paula notó el
contacto aterciopelado de su lengua
explorando cada rincón del interior
de su boca, invadiéndola, y le clavó
las uñas en el pecho antes de
rodearle el cuello con los brazos
para aferrarse a él, y arqueándose de
nuevo hacia sus cálidas manos, esas
manos que sabían dónde y cómo
tocarla para volverla loca. Un
gemido ahogado escapó de entre sus
labios, y Pedro se apartó un poco,
preocupado.

—¿Te estoy haciendo daño? —le dijo,
tratando de ir más despacio.

—Oh, no... —le contestó ella,
estremeciéndose de placer con sus
expertas caricias.

Los pulgares de Pedro trazaron
círculos en torno a sus pezones, y
ella contuvo el aliento extasiada.

—Ya no me tienes miedo,
¿verdad? —le preguntó él.

Paula sacudió la cabeza lentamente,
observándolo con el corazón en los
ojos.

Pedro la acarició con más
sensualidad, y Paula se arqueó hacia
él como un gato mimoso. Sus labios
atraparon otra vez los de ella, y le
desabrochó el camisón hasta la
cintura, devorando con sus manos
cada centímetro de piel que quedaba
al descubierto.

Después, se inclinó despacio,
depositando su peso sobre ella, y
Paula pudo sentir cada línea de su
masculino contorno. Parecía que su
cuerpo se hubiera hecho uno con el
de él, que estuvieran disolviéndose el
uno en el otro, que las suaves curvas
de ella encajaran perfectamente,
como las piezas de un puzzle, con
los duros ángulos de la anatomía de
él. Se aferró a Pedro sin temor
alguno, deseándolo hasta tal
extremo, que era una verdadera
tortura estar tan cerca de él, y a la
vez sentir que no era suficiente.

Temblorosa, apartó escasos
milímetros sus labios de los de
Pedro, moviéndose sensualmente
debajo de él, tratando de pegarse
aún más a él, y éste jadeó.

—Por favor —le rogó desesperada,
sin saber qué estaba pidiéndole—,
por favor, Pedro... necesito... te
necesito...

Él tomó su rostro entre sus manos,
que también temblaban, y con el
rostro contraído y el cuerpo tenso
como un arco tensado al límite, la
miró atormentado.

—No puedo —le susurró,
apartándose de ella. Se tendió a su
lado, y la atrajo hacia sí,
abrazándola con ternura,
acariciándole la espalda para
calmarla, para acallar las voces del
deseo en ella.

_______________________________

ULTIMOS CAPITULOS!
COMENTEN MUCHOOO!

Aqui les dejo el link de los cortos que estoy subiendo! Si les copa lean y si quieren se los paso! Avisen en el blog o en mi twitter!
Novelas Cortas de PyP (ADAPTADAS) http://novelascortaspypadaptadas.blogspot.com/
GRACIAS
SOY @LETIPAULITER

Capitulo 41: "Consentida"

Paula no recordaba haberse sentido
jamás tan a gusto en Gray Stag.

Luciana y Ana la colmaban de
atenciones y le hacían compañía en
sus largas horas de reposo, mientras
que la señora Peake, que ya se había
reincorporado a las tareas de la
casa, revoloteaba todo el día a su
alrededor como una bondadosa hada
madrina, intentando abrirle el
apetito con nutritivas sopas y
deliciosos postres.

—Pero si estoy mucho mejor... —
protestó al cabo de dos días,
que ansiaba poder levantarse y andar
un poco.

Pero la señora Peake se negó en
redondo.
—¿Después de haber sufrido una
contusión y aún convaleciente? —le
espetó, mirándola por encima de su
nariz aguileña—. Ni hablar. Si se
levanta de esa cama, señorita Paula,
¡la traeré de vuelta yo misma!

Y ése había sido el punto final de la
discusión, porque no dudaba
que la señora Peake era muy capaz
de cumplir su amenaza. Luciana y
ella prorrumpieron en risitas cuando
se hubo marchado a la cocina.

—¿A que no sabes que le ha dicho
Pedro a Lucas esta mañana? —
inquirió Lu mostrándose muy
misteriosa.

Paula meneó la cabeza.

— ¡Le ha dicho que cuenta con su
aprobación para casarse conmigo! ¡Y
hasta se ha ofrecido a darnos unas
tierras en el valle!

—Es un detalle por su parte —le dijo
Pau con una sonrisa.

—¿Un detalle? —replicó Lu
—. ¡Es un verdadero milagro! Lucas
no podía dar crédito a sus oídos, y
yo todavía tengo la sensación de
estar soñando.

—Me alegro por ustedes.

Luciana se levantó de la silla de
mimbre junto a la cama en la que
había estado sentada.
—Bueno, tengo que dejarte, porque
le he prometido a mamá que la
acompañaría a comprar unas cosas,
pero estaremos de vuelta enseguida.
Si necesitas algo, dale una voz a la
señora Peake, ¿de acuerdo?

—De acuerdo -murmuró Paula
—. Lu... — llamó a su amiga
cuando se dirigía a la puerta. La otra
joven se detuvo y se volvió a
mirarla.—Gracias por todo lo que
estás haciendo por mí —balbució
—. Son tan amables que yo... —
pero no pudo acabar la frase,
porque se le hizo un nudo en la
garganta-

—Eres parte de la familia —le dijo
Luciana con sencillez, y le sonrió—.
Nos vemos luego.

En los días que Paula pasó
convaleciente en el rancho, Pedro
iba a la casa tan a menudo como se
lo permitían sus tareas, y se mostró
tan amable y afectuoso con ella, que
la joven no podía dejar de
preguntarse si lo habrían cambiado
por otro. Parecía tan distinto... A
pesar de su inicial recelo por cómo
se había comportado con ella, poco
a poco fue confiando de nuevo en
él, y una relación completamente
distinta empezó a forjarse entre
ellos. Cuando se sentaba a hacerle
compañía, Pedro le contaba sus
planes para Gray Stag, le relataba las
pequeñas anécdotas del rancho con
un sentido del humor que Paula
nunca hubiera imaginado... pero no
la tocaba. Era como si quisiera ir
construyendo una sólida amistad
entre ellos antes de intentar ir más
allá con ella.

Ana, Luciaba y él conseguían casi
siempre hacerla sonreír y mantener
sus pensamientos alejados del
futuro, pero una tarde, Pedro la
atrapo con una expresión claramente
preocupada mientras miraba por la
ventana.

—Primero ponte bien; luego tendrás
tiempo de rumiar tus problemas
todo lo que quieras —la reprendió
dándole un pellizco en la punta de la
nariz—. Por cierto, espero que
tengas hambre. He traído unas fresas
recién recolectadas de nuestro
huerto, y le he pedido a la señora
Peake que te prepare un buen tazón
de ellas con nata.

—Hace una semana me habría
negado a ese capricho —suspiró ella
—, pero supongo que ahora ya no
importa mucho que engorde un
poco.

Pedro se sentó a su lado y se inclinó
para apartar un mechón de su
rostro. Hacía dos días que Paula ya
no llevaba la gasa de la mejilla, y el
propio Pedro le cambiaba las vendas
de la pierna y le aplicaba el
antiséptico cada noche, sin confiarle
la tarea a nadie más.

Los ojos de Paula descendieron hasta
los finos labios de Pedro, y se quedó
mirándolos con una intensidad de la
que ni siquiera era consciente.

Sencillamente no podía evitarlo.

Hacía tanto tiempo desde la última
vez que se habían besado, que la
había estrechado entre sus brazos...

Capitulo 40: "Perdoname"

—¿Has estado aquí sola desde el
accidente? —le preguntó Pedro al
cabo de unos minutos de tenso
silencio.

Paula  asintió, y vio que el rostro de
él se contraía.

—Vas a venir al rancho conmigo —le
dijo —, aunque tenga que llevarte a
cuestas, pataleando y chillando. Me
encargaré de que estés bien
atendida.

—No puedes obligarme —le dijo
irritada.

Pedro se pasó una mano por el
cabello.
—Escucha, Paula, es verdad que he
sido cruel contigo, y que no tenía
ningún motivo para serlo — admitió
metiéndose las manos en los
bolsillos del pantalón—. Y... Perdoname, en serio yo... lo siento tanto. - Se frotó la cara con sus manos, demostrando su nerviosismo-. Desde el
principio creé en mi mente una
imagen completamente distorsionada
de ti, y todos estos años he estado
alimentándola... porque era mi
última defensa —añadió con una
sonrisa extraña—. Hacía años que no
tomaba más de un par de copas,
pero la noche del día que te
marchaste me fui a Calgary con
Nicolas, nos emborrachamos y
volvimos al rancho a las tres de la
mañana, cantando a todo pulmón.
A
mi madre por poco le da algo. El día
siguiente tenía una resaca espantosa,
pero me sentía tan mal por lo que te
había hecho que no podía
soportarlo, y me fui a Australia.
Necesitaba alejarme y pensar —
concluyó—. Pau, sé que no había
nada entre Billingsly y tú..... —le dijo
de repente.

—¿Te ha llamado él? —inquirió Paula,
mirándolo a los ojos.

Pedro sacudió la cabeza.
—No hizo falta. Luciana me lo contó
todo, aunque tampoco habría
importado si no lo hubiera hecho.
Cuando se me pasó la borrachera
empecé a atar cabos, y comprendí
que no podrías haber reaccionado
como reaccionaste cuando te toqué
en el bosque si antes hubiera habido
otro hombre, y no trabajarías tan
duro si tu intención fuera que te
mantuviera un magnate.

Era como un bálsamo que al fin la
creyera, y lágrimas de dicha y alivio
acudieron a los ojos de Paula, pero
ya no sabía si eran los
remordimientos los que hablaban
por él.

—Vamos, no tienes por qué estar
aquí sola —le dijo Pedro,
inclinándose y apretándole
suavemente la mano—. Te ayudaré a
hacer la maleta y te llevaré al
rancho. Tienes que ponerte bien
antes de que empiecen otra vez las
clases —le dijo con un guiño.

________________________

Al fin Pedro haciendo las cosas bien no?
Amenlo ahora!
Ultimos capitulos! Ultima semana de novela!
Comenten muchooo! Gracias x leer! Soy @letipauliter

____________________________

viernes, 14 de noviembre de 2014

Capitulo 39: "Hola"

Horas más tarde, Paula estaba
sentada en el sofá con la pierna
derecha en alto, sobre unos cojines,
mientras hojeaba una revista, y
recordaba la conversación con su
amiga. Su llamada le había alegrado
un poco el día, aunque también la
había dejado bastante perpleja.

¿Por
qué se habría ido Pedro a Australia,
así, de repente? Cerró los ojos y
echó la cabeza hacia atrás. ¿Cómo lo
eludiría en la boda de Luciana?

Aquello era preocuparse por algo
para lo que faltaban meses, se dijo.
En fin, ya pensaría en algo. Lo cierto
era que no podía evitarlo
eternamente, y que le dolería
alejarse para siempre de él, pero
tenía que hacerlo.

Para cuando llegase el día de la boda
habría conseguido distanciarse de él
lo suficiente como para que no la
afectase el volver a verlo, se dijo,
tratando de convencerse. Ni ella se
lo creía, resopló mentalmente,
volviendo a la revista.

En ese momento sonó el timbre de la
puerta. Paula se incorporó y echó la
revista sobre la mesita del salón.
Debía ser el chico del supermercado.

Había pedido algunas cosas que
había olvidado. Tomó la muleta y fue
hasta el vestíbulo.

Sin embargo, cuando abrió la puerta,
el susto que se llevó fue mayúsculo:
allí estaba Pedro, vestido con un
elegante traje gris, y esa expresión
irascible de siempre en su rostro.

—Hola —la saludó en tono
quedo.

A ella, el corazón se le había subido
a la garganta, pero el sobresalto
pasó, y los recuerdos de las cosas
que le había dicho y de cómo la
había tratado volvieron en tropel a
su mente, llevando un viento gélido
a su pecho.

—No... no estoy presentable para
recibir visitas —balbució—. Gracias
por venir, pero...

Pedro entro, cerró la puerta y la
tomó en brazos, haciendo que dejara
caer la muleta y depositándola de
nuevo en el sofá antes de que
pudiera acabar la frase.

—¿Sólo unos cortes y unas
magulladuras, eh? — le espetó,
mirando el vendaje de la pierna
—. ¿Cómo es de seria la herida?

— Se curará —contestó ella sin
mirarlo, irritada por su tono.

—¿Cómo es de seria? —repitió
Pedro.

—Algunos ligamentos desgarrados, y
una cicatriz bastante fea, pero se
curará —farfulló Paula, llevándose la
mano a la pierna. Sin embargo, el
ligero temblor de sus labios la delató
—. La semana que viene me quitan
los puntos. Aparte de eso sólo sufrí
una contusión y algunos cortes.

Pedro inspiró profundamente.
—¿Por qué diablos no me llamaste?

Paula enarcó las cejas.
—Porque habría sido como si la
gallina llamara al lobo que la atacó
para pedirle ayuda —le soltó.

—Supongo que es así como debes
verme después de cómo me
comporté contigo —respondió Pedro
en un tono suave. Sus ojos buscaron
los de ella, y escudriñó su rostro
como si estuviera inspeccionando
una posesión muy querida que
hiciera años que no veía—, pero
habría venido.

—¿Desde Australia? —inquirió ella.

—Desde el infierno si hubiera sido
necesario — contestó él—. Y la
verdad es que tengo la impresión de
haber estado allí todos estos días —
le confesó—: apenas podía dormir
por las noches, recordando la
expresión de tu rostro cuando...
Paula, por amor de Dios, ¿por qué no
me lo contaste hace años?

—¿Cómo esperabas que lo
hiciera? —se defendió ella,
jugueteando con un botón de la
blusa que tenía puesta—. No era
precisamente fácil acercarse a ti, y
estoy segura de que tampoco me
habrías creído —le dijo riéndose
amargamente—. Para empezar me
habrías acusado de haber incitado a
ese bestia y...

—¡Para! —masculló Pedro—. ¿Crees
que no me siento ya lo bastante
miserable con todo lo que te he
hecho?

Paula alzó la vista hacia él. Su rostro
era verdaderamente el de un hombre
atormentado, como si los
remordimientos estuvieran
comiéndolo vivo, y el compasivo
corazón no pudo menos que
conmoverse. Sin embargo, saber que
se sentía culpable no la consolaba.

Lo único que ella quería era su
amor, y eso nunca podría
conseguirlo.

Capitulo 38: "Sola"

—De momento la tendremos aquí un
mínimo de un día o dos —le dijo el
doctor—. Luego ya veremos.

—De acuerdo —murmuró Paula.

Cuando el médico se hubo
marchado, la joven se recostó, y
miró en derredor con expresión
desolada. Allí estaba, sola en una
habitación de hospital, sin nadie a
quien le importase. La enfermera le
había preguntado si quería que
avisasen a alguien más, pero ella le
había dicho que no. Para su tía
aquello sería un contratiempo que la
irritaría, Pedro la detestaba, y le
había prohibido volver a acercarse a
Luciana.

Rompió a llorar, hundiendo el rostro
entre las manos. Siempre había sido
fuerte, porque no le quedaba más
remedio que serlo, pero en aquel
momento se derrumbó sin remedio.

Todo parecía tan negro...

Al día siguiente las cosas no habían
mejorado sustancialmente, pero con
los cuidados de las enfermeras y la
amabilidad del médico, al menos
Paula se fue animando un poco y el
segundo día, cuando el doctor
Forbes pasó en su ronda de visitas,
le explicó que no podía costearse
una estancia larga en el hospital ya
que no contaba con un seguro, y le
pidió que le diera el alta.

El médico se mostró reticente.
— Bueno —murmuró pensativo, con
el ceño fruncido—, siempre que use
la muleta, no fuerce demasiado la
pierna, y tenga alguien que se ocupe
de usted... Además, tendrá que
cambiar esas vendas cada día.

—Oh, mi tía cuidará de mí —mintió
Paula—. Esta tarde vuelve de
Monaco.

—Está bien —accedió finalmente el
médico—, pero no se olvide de que
la semana que viene tiene que venir
a que le quitemos los puntos.

—Por supuesto —le prometió ella.

Apañárselas sola en el apartamento
fue más duro de lo que había
imaginado. Tenía que ir apoyándose
en la muleta, o saltando sobre la
pierna sana para moverse de una
habitación a otra, y cada paso le
dolía un horror. Si no hubiera sido
porque en la guía encontró un
supermercado cercano que aceptaba
pedidos a domicilio, se habría
muerto de hambre, ya que su tía
había dejado la nevera vacía a
excepción de una caja de leche
cortada y unos huevos caducados:

Una hora más tarde, cuando llegó el
chico del reparto, tuvo la amabilidad
de guardarle las cosas, y después de
que se fuera se preparó una sopa de
sobre y un sándwich sentada en el
silencio del enorme salón. Mientras
masticaba y pensaba en los trabajos
que no podría hacer por el
accidente, sus ojos se llenaron de
lágrimas. Sumida en esos negros
pensamientos, pasó un rato antes de
que se diera cuenta de que el
teléfono estaba sonando. Extendió el
brazo para agarrar el inalámbrico.

—¿Diga?

— ¡Paula! —exclamó Luciana aliviada,
al otro lado de la línea—. ¡Gracias a
Dios! Llevo días llamándote, tratando
de localizarte, y no había manera.
Esta mañana llamé a tu agencia, por
qué ya no sabía qué otra cosa podía
hacer, y me dijeron que habías
tenido un accidente. ¿Es cierto?

Paula se secó los ojos con el puño de
una de las mangas de la camisa.
— S... sí —balbució—. Me lancé
delante de un Cadillac.

— ¿Que hiciste qué?

—Tenía una entrevista de trabajo, y
llevaba unas sandalias con mucho
tacón —le explicó—. El caso es
que salí corriendo para tomar un
taxi, y de pronto di un traspié, hice
unos cuantos pasos de ballet...
totalmente improvisados, quiero
decir... y acabé siendo atropellada
por un Cadillac. ¿Verdad que tengo
buen gusto? —bromeó, no queriendo
preocupar a su amiga.

Pero Lu la conocía demasiado
bien como para dejarse engañar.
—¿Y no te has hecho nada? ¿Por qué
te llevaron sino al hospital?

—Bueno, mi pierna derecha no salió
muy bien parada, y tengo algunos
cortes y magulladuras, pero aparte
de eso estoy bien.

—¿Está tu tía contigo?

—No, gracias a Dios está aún de
viaje —contestó  con un suspiro
— Dios, ¡si supieras cuánto me
alegra oír tu voz, Lu...! Estaba
poniéndome melancólica aquí sola.

—¿Seguro que sólo son “unos cortes
y magulladuras”? —insistió su amiga
—. ¿Y qué has querido decir antes
con eso de que tu pierna derecha no
ha salido muy bien parada?

—No es nada, dentro de unos días
estaré bien — mintió Paula—. Sólo
tengo que hacer reposo.

—¿Por qué no dejas que mamá vaya
a recogerte y te vienes al rancho
para que podamos cuidar de ti?

— ¡No! —respondió al instante.

—Pedro no te molestaría, mamá y yo
no se lo permitiríamos —le aseguró
Luciana, adivinando el motivo de su
negativa—. Además, no sé lo que
ocurrió ese día en el estudio, pero la
noche del día que te marchaste se
fue a la ciudad y volvió borracho
como una cuba a las tantas de la
madrugada. Al día siguiente entre la
resaca y el mal humor no había
quien lo aguantara, y esa misma
tarde salió para nuestro rancho de
Australia. Volvió ayer, suave como la
seda, taciturno... no parece el
mismo. Pasara lo que pasara entre
ustedes, está arrepentido.

—Te agradezco el ofrecimiento, pero
no puedo marcharme ahora, por si
me llaman de la agencia — mintió
Paula—. Podría hacer anuncios de
manos, o de labios.

—Oh —murmuró su amiga—.
¿Seguro que me estás diciendo la
verdad? —insistió suspicaz.

—Pues claro. Bueno, ¿y cómo les va
a Lucas y a ti?

—No te lo vas a creer. Lucas decidió,
como yo, que merecía la pena luchar
por nuestro amor, y que si tenía que
enfrentarse a Pedro, lo haría. Le ha
dicho que vamos a casarnos en
diciembre, le guste o no, y que si lo
despide, buscará trabajo en
cualquiera de los otros ranchos de la
zona. ¿Qué te parece?

— Oh, Luciana, me alegro tanto por
ti —le dijo Paula con sinceridad
—. ¿Crees que podría ir a la boda?

—Tonta, tú serás mi dama de
honor —contestó su amiga—, así que
ya te estás dando prisa en ponerte
bien, ¿eh?

—Lo haré —le prometió Paula.

Capitulo 37: " Accidente"

Cuando volvió en sí notó dolor en el
rostro y en su pierna derecha, y
molestias en todo su cuerpo, como
si le hubieran dado una paliza. Y,
para rematarlo, sentía como si fuera
a estallarle la cabeza.

Abrió los ojos muy despacio y vio a
su lado a una enfermera rellenita,
que estaba tomándole la presión
sanguínea.
—Ah, está usted consciente —le dijo
con una sonrisa—. ¿Cómo se
encuentra? ¿Se siente con fuerzas
para hablar?

—Creo... creo que sí —murmuró
Paula, notándose la boca pastosa. Se
llevó una mano al rostro, y sus
dedos tocaron una especie de gasa
fijada a su mejilla con esparadrapo.

—No se preocupe —la tranquilizó la
enfermera—. Se pondrá bien-.
tragó saliva.

—¿Qué más heridas tengo? —
inquirió con el corazón en la
garganta.

—No se preocupe por eso ahora. El
doctor Forbes pasará a verla cuando
haga su ronda de visitas dentro de
unos... cuarenta minutos —dijo
consultando su reloj —.Entretanto
mandaré a alguien de administración
para que le tomen sus datos... si se
siente usted con fuerzas para ello.

— Sí, estoy bien —farfulló  sin
ninguna convicción—. Oh, ¿podría...
podría hacerme un favor? —le dijo a
la mujer cuando estaba a punto de
salir de la habitación—. Iba de
camino a una entrevista de trabajo
cuando tuve el accidente. ¿Sería tan
amable de llamar a la agencia de
Modelos Claire Román y decirles lo
ocurrido? Soy modelo.

—Claro. ¿Cuál es su nombre? No
llevaba ninguna clase de
documentación encima.

Paula se tapó la cara con una mano y
emitió un gruñido.
—Volví a dejarme el bolso en casa —
miró a la enfermera—. Soy Paula Chaves.

—Bien. Haré esa llamada
inmediatamente, no se preocupe.

Los minutos parecieron pasar
lentísimos hasta que el doctor
Forbes, un médico mayor, entró a
verla.

— Su pierna derecha ha sufrido un
daño importante —comenzó,
sentándose al borde de la cama—,
así que tuvimos que hacerle una
intervención quirúrgica y también de
cirugía estética. Tomamos un trozo
de piel del muslo para hacer un
injerto; y por eso notará usted esa
zona algo sensible y molesta, pero la
piel volverá a crecer, y las cicatrices
de la pierna y el rostro
desaparecerán con el tiempo una vez
le hayamos quitado los puntos.

Paula se había puesto blanca y
parecía al borde de las lágrimas.
—Vamos, vamos... —le dijo el
médico, dándole unas palmaditas en
la mano—. No es tan grave,
chiquilla. No podemos garantizarle
que su pierna quedará como nueva,
porque los ligamentos estaban
desgarrados y llevará tiempo que se
curen por completo. Tampoco voy a
mentirle, es posible que le quede una
leve cojera, pero si es necesario
puede volver a operarse, por
supuesto.

—Por supuesto... —repitió, sin
apenas oír lo que le estaba diciendo,
desolada como estaba.

—También sufrió una fuerte
contusión al golpearse la cabeza —
añadió el médico—, como habrá
imaginado si le duele la cabeza tanto
como sospecho.

— Sí, me molesta bastante —añadió
Paula, tocándosela.

—Le diré a la enfermera que le traiga
un analgésico —dijo el doctor Forbes
levantándose—. Bien, trate de no
preocuparse demasiado. Sé que a
una mujer hermosa que trabaja de
modelo esas heridas deben parecerle
el fin del mundo, pero las cicatrices
desaparecerán antes de que se haya
dado cuenta, y dentro de unas
semanas estará andando otra vez.

Sin embargo, Paula no pudo evitar
empezar a darle vueltas a la cabeza,
angustiada. ¿Qué iba a hacer? La
factura del hospital sería formidable,
y aunque pudiera pagarla con lo que
había ganado, no podría volver a
trabajar en bastante tiempo en las
condiciones en las que estaba.

¿Cómo iba a arreglárselas sin un
centavo?

________________________

Pobre Pau..
Comenteeen!!
Gracias x leer! Soy @letipauliter

Capitulo 36: "Cadillac"

Paula resopló irritada
consigo misma por pensar en él
cuando se había prometido que no lo
haría, y miró el reloj. Las nueve y
diez. La agencia ya debía haber
abierto. Fue junto al teléfono y
marcó el número. Mandy, la
secretaría, la informó de que había
una posibilidad de trabajo esa misma
mañana.

—Lovewear necesita una modelo con
tus características para anunciar su
nueva línea de vaqueros, pero
tendrías que estar allí a las diez para
una entrevista. ¿No te irá muy justo
a la hora que es?

—¿Bromeas? —le dijo  riéndose
—. Si no puedo tomar un taxi robaré
un coche para llegar. ¡Gracias,
Mandy! Agarró su book y la bolsa, y
salió a toda prisa del piso,
maldiciendo la idea de haberse
puesto esas estúpidas sandalias de
tacón mientras bajaba las escaleras.

Corrió fuera del edificio, e hizo una
señal al ver que justo en ese
momento pasaba un taxi, pero dio
un traspié y en una serie de
malabarismos por no perder el
equilibrio, acabó precipitándose
sobre la calzada, justo delante de un
Cadillac. El conductor frenó en
cuanto fue capaz de reaccionar, pero
no fue lo bastante rápido, y en esas
milésimas de segundos, Paula
observó impotente y con una calma
inhumana, como se abalanzaba sobre
ella, sabiendo que no podía hacer
nada. Luego sintió el golpe, un
repentino y frío vacío, aturdimiento
y los gritos de la gente llegaron a sus
oídos mientras se sumía en la
oscuridad.

Capitulo 35: " Regreso a NY"

Lo único
bueno que tuvo el abrupto regreso
de a Nueva York fue que su tía
aún seguía fuera. Había una escueta
nota sobre la mesita del vestíbulo,
diciéndole que lo más probable era
que estuviera en Mónaco hasta
finales de septiembre.

Lo primero que hizo Paula fue llamar
a la agencia de modelos, y le dieron
una alegría cuando le dijeron que
tenían muchos trabajos para ella si
quería aceptarlos. Estuvo tan
ocupada que los días siguientes
pasaron volando. No tuvo tiempo ni
de pensar en Pedro. Hizo dos
anuncios, un pase de moda, una
sesión fotográfica para un reportaje
de sombreros en una revista, y otras
para distintos anuncios también de
prensa. Al llegar el final de la semana
estaba reventada. El domingo,
mientras se daba un baño para
relajarse, empezó a hacer cuentas
mentalmente, sumando las
cantidades que había ganado esos
días. Tendría bastante para pagar el
siguiente semestre, y aún le quedaría
para pagar el billete de avión a
Connecticut.

La temporada baja en la industria de
la moda llegaría pronto, pero si se
esforzaba lo bastante en esas
semanas, antes de que volvieran a
empezar las clases, tal vez lograra
ahorrar como para arreglárselas con
ese dinero y lo que ganara con su
empleo en la cafetería.

Aquella noche, tal vez por la tensión
acumulada, tuvo muchas pesadillas,
en las que siempre aparecía Pedro, y
a las siete de la mañana se despertó
empapada en sudor y con las
mejillas húmedas por las lágrimas.

Se
dio una ducha, se lavó el pelo y,
envuelta en su albornoz, se preparó
un café bien cargado. ¿Lograría
alguna vez olvidar su crueldad, el
modo en que la había tratado, como
si fuera una zorra barata?

Se secó el pelo, se puso unos
pantalones beige, una blusa blanca y
unas sandalias de tacón, y se dispuso
a preparar todo por si cuando
fueran las nueve y llamara a la
agencia, tuvieran algo para ella. Se
maquilló con esmero, se limó las
uñas y guardó en su bolsa las cosas
que podía necesitar: peine, cepillo,
estuche de maquillaje, pañuelos de
papel, pinzas y horquillas, algo de
ropa y unos zapatos. Cuando lo tuvo
todo listo, suspiró, y se dirigió al
amplio ventanal, observando el
despertar de la ciudad.

Sin poder remediarlo, su mente
volvió a revivir lo ocurrido en su
último día en Gray Stag. ¿Por qué,
oh, Dios, por qué Pedro siempre
tenía que pensar lo peor de ella?
Además, no acababa de comprender
por qué se había puesto tan
furioso con Bruce. Los celos podrían
quizá ser la explicación, pero era
imposible que sintiese celos
por ella cuando le tenía tan poco
respeto para tratarla como la había
tratado. Claro que, si no estaba
celoso, ¿por qué había mandado a
Bruce de vuelta y le había dicho que
informaría de lo ocurrido a su
empresa? Si con quien estaba
irritado era con ella, ¿por qué
castigar a un hombre al que creía
que ella había tentado?

Volvió a suspirar y meneó la cabeza
mentalmente. ¡Qué difícil era matar
la esperanza!, se dijo deprimida.

Durante el trayecto al aeropuerto,
con Bruce afligido al volante del
coche que les había prestado,
había esperado en vano que Pedro
hubiera ido tras ellos para
disculparse y pedirle que no se
fuera, y no había ocurrido. No había
vuelto a verlo desde que saliera del
estudio. Luego, los primeros días de
vuelta en Nueva York se había
preguntado si tal vez la llamaría,
pero tampoco había ocurrido. ¿Y por
qué iba a llamarla?, Se preguntó con
una risa amarga ante su propia
ingenuidad. A Pedro no le importaba
nada. Probablemente lo único que
sentía era culpabilidad por su brutal
arranque... si es que su odio por ella
se lo permitía.

Capitulo 34: "Confeción"

Pedro la llevó pataleando al estudio y
cerró la puerta de una patada. La
arrojó sobre el sofá de cuero, y se
colocó encima de ella con la
respiración agitada y el rostro tenso
por la ira apenas contenida.

—Vamos, pelea, resístete —masculló,
sofocando con facilidad sus
esfuerzos por apartarlo, mientras sus
labios descendían sobre los suyos—

Paula sintió cómo las manos
masculinas recorrían con rudeza su
cuerpo, sin preocuparle el estar
haciéndole daño, mientras ella seguía
luchando en vano por liberarse. Lo
amaba, pero lo que le estaba
haciendo era monstruoso, y su
mente volvió a aquella noche, años
atrás, haciéndole revivir el manoseo
de aquel bestia borracho, y sus
besos babeantes. Chilló, pero Pedro
parecía no oírla. Le sacó la blusa a
tirones de la cinturilla de la falda, e
introdujo las manos por debajo,
apartando el sostén para recorrer
con sus dedos sin ninguna delicadeza
su piel desnuda y sus senos. Paula se
revolvió con todas sus fuerzas, con
una furia ciega, sollozando, gritando,
con el rostro contraído en una
mueca de verdadero pánico.

Pedro se apartó, agarrándola por las
muñecas, y sus ojos, nublados por el
deseo, observaron confundidos el
cuerpo de la joven, retorciéndose
debajo del suyo, su rostro lívido y
los ojos desorbitados y llenos de
miedo.

Él se quedó paralizado, jadeante, con
la mirada fija en los suaves
montículos de sus senos. A Paula le
pareció ver que las facciones de
Pedro se suavizaban, y que la presión
de aquellos dedos en torno a sus
muñecas se relajaba ligeramente.

—Por favor —le rogó en un hilo de
voz—. Por favor, Pedro, no me hagas
daño... La voz angustiada de Paula
pareció accionar un interruptor en
su interior.

—¿Paula? —murmuró, recobrando la
cordura, y dándose cuenta al fin de
lo aterrorizada que estaba.

La soltó de inmediato y se quitó de
encima de ella, observando como se
cerraba la blusa con manos
temblorosas y se acurrucaba en un
rincón del sofá, prorrumpiendo en
desgarrados sollozos entrecortados.

— No iba a forzarte —murmuró
Pedro con un nudo en la garganta—.
Por favor, Paula, no llores. ¿Por qué
reaccionas de este modo? Yo nunca
te haría daño.

Un silencio cayo entre los dos hasta que ella tomó la palabra.

—Yo tenía catorce años —dijo de
pronto con voz entrecortada
—, y mi tía estaba saliendo con un
decorador. Las veces que había ido a
cenar me pareció que me miraba de
un modo lascivo, pero siempre traté
de ignorarlo. Una noche tuvieron
una discusión terrible y ella... ella
salió del apartamento hecha una
furia. Aquel hombre había estado
bebiendo mucho, y pensé que estaría
más segura en mi dormitorio, pero
no pude llegar —dejó escapar una
risa nerviosa—. Me agarró antes de
que llegara a la puerta, me arrastró
hasta el sofá del salón y empezó a
arrancarme la ropa —cerró los ojos
y se estremeció—. Parecía un animal
salvaje. Me hacía daño... sus... sus
manos me toqueteaban por todas
partes, y esos repugnantes besos
babeantes... Justo cuando estaba a
punto de forzarme se oyó la
puerta —Paula ni siquiera era capaz
de mirar a Pedro, y verdaderamente
le habría sobrevenido una revelación
si lo hubiera hecho, porque su
rostro estaba horriblemente
desencajado. Tragó saliva para poder
continuar—. Me advirtió que no me
atreviese a contárselo a mi tía o me
arrepentiría, y en cuanto me soltó
corrí a refugiarme en mi habitación.
A la mañana siguiente, ella ni
siquiera me preguntó por los
cardenales que tenía en los brazos —
añadió con una sonrisa amarga
—. Nunca me he acostado con
Bruce, ni con ningún otro hombre.
La sola idea me... me aterra. Contigo
pensé... pensé que con el tiempo
sería capaz de aceptar algo más que
besos... pero ya no... —murmuró
—, ya no. --Se puso de pie y se
dirigió hacia la puerta.

—Por eso reaccionaste de aquel
modo en el coche, cuando volvíamos
de Banff...—farfulló Pedro, que
estaba empezando a atar cabos. Paula
se detuvo con la mano en el
picaporte, pero no se volvió a
mirarlo.

—Me iré con Bruce —le dijo con el
poco orgullo que le quedaba—, y si
quieres que me mantenga alejada de
Luciana, lo haré.

Pedro se acercó a ella, pero la joven
había abierto la puerta y se apartó
de él.
—Paula, por favor, yo jamás te haría
daño... —le dijo.

—Me prometiste eso no hace mucho
—le recordó ella—, y no lo has
cumplido. Te ruego que no vuelvas a
tocarme. No creo que pudiera
soportarlo. ¡Lo único que quiero es
alejarme de ti!

Se dio la vuelta sin reparar en la
expresión desesperada en el rostro
de Pedro, corrió escaleras arriba y se
encerró en su habitación. No salió
de allí hasta que la voz preocupaba
de Luciana la llamó, golpeando
suavemente en la puerta. La abrió, y
se echó en sus brazos abiertos,
llorando desconsolada.

______________________________

No me odien.
Comenten muchoooo¡!
Soy @letipauliter

Capitulo 33: "Una taza de Café"

Ya era muy tarde cuando Paula
consiguió dormirse, y a la mañana
siguiente se levantó de la cama con
los ojos enrojecidos por las lágrimas
y la falta de sueño. Sabiendo que
Pedro no había bromeado la noche
anterior, hizo la maleta antes de
bajar.

Cuando llegó al comedor tenía la
esperanza de que Pedro ya hubiera
salido para atender las tareas del
rancho, pero lo encontró allí
sentado, solo.

—¿Podría tomar una taza de café
antes de marcharme? —inquirió
Paula vacilante, intimidada por la
expresión implacable en su rostro, y
el brillo amenazador en sus ojos.

— Sírvete —le contestó él.

Paula se puso la taza de café y se
sentó lo más lejos posible de él.
—¿No... no van a desayunar tu
madre y Luciana? —balbució.

—Ya han desayunado —respondió él
con aspereza—. Les he dicho que se
queden arriba hasta que te hayás
ido, y le he advertido a mi hermana
que si continúa su amistad contigo,
enviaré a su querido Lucas a nuestro
rancho de Australia por un periodo
indefinido.

Su machismo la hizo saltar.
—Y dime, ¿cómo lo mandarás allí,
encadenado? —le preguntó con una
sonrisa sardónica—, ¿o quizá harás
que atraviese a nado el Pacífico
contigo detrás en una lancha,
gritándole órdenes?

Las facciones de Pedro se
endurecieron aún más.
—Los asuntos de mi familia ya no
son de tu incumbencia —le dijo
cortante—. Tu amigo bajará en
cualquier momento. Le dejaré un
vehículo para que puedan ir hasta
Calgary, y luego haré que uno de mis
hombres vaya a recogerlo.

Paula se quedó mirando el mantel,
tan desolada que ni siquiera podía
llorar. No sólo la estaba alejando de
él, sino que también quería
prohibirle cualquier contacto con
Luciana, su única amiga verdadera.

Pedro apuró su taza de café, la soltó
ruidosamente sobre el platillo, y
arremetió de forma inesperada
contra ella:
—¿Es bueno en la cama?

Paula alzó la vista dolida y furiosa.
—Oh, sí, ya lo creo, es fantástico —
le espetó con puro veneno—. Podría
darte lecciones.

— ¡Pequeña zorra! —masculló Pedro.

Antes de que Paula pudiera
reaccionar, él se había levantado y
había ido junto a ella, alzándola en
volandas.
— ¡Bájame! —le gritó, retorciéndose,
pero era demasiado fuerte para ella.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Capitulo 32: "Todo se Derrumba"

Pedro no apareció a la hora de la
cena aquella noche, y en cuanto
hubieron acabado de comer, Paula
subió a su habitación diciendo que
tenía un terrible dolor de cabeza.

Ese dolor de cabeza era sólo una
excusa, pero en un sentido
metafórico sí era real: metro
ochenta, cabello castaño, ojos
verdes, y tan ciego como un topo.

Acababa de ponerse el camisón
cuando oyó un golpe en su puerta.
Se volvió hacia ella con el ceño
fruncido.
—¿Quién es?

No hubo respuesta. ¿Podría ser
que...? El rostro de Paula se iluminó.

Quizá era Pedro; tal vez había estado
recapacitando y finalmente había
comprendido que estaba equivocado.

Fue a abrir, pero al hacerlo, se
encontró con la desagradable
sorpresa de que era Bruce quien
estaba allí de pie, con la camisa
medio desabrochada y una sonrisa
malévola en los labios.

Paula trató de cerrar la puerta, pero
el contable se lo impidió, y entró en
el dormitorio dejándola entreabierta
y empujándola sobre la cama.

—¿Qué crees que estás haciendo? —
le espetó Paula, forcejeando con él,
que se había arrojado encima de ella.

— Se llama «golpe de gracia»,
cariño —murmuró Bruce—. Adivina
quién está subiendo en este
momento las escaleras.

Paula lo empujó en vano, y el
contable empezó a besuquearla en el
cuello, e intentó tomar sus labios.

Frenética, oyó que los pasos de
Pedro se acercaban, y a los pocos
segundos la puerta se abría del todo.

Tras ella apareció Pedro , y sus ojos
la condenaron en ese mismo
instante.
Bruce se apartó de ella como un
resorte, y se pasó una mano por el
cabello con una sonrisa de
circunstancias, como si lo hubiera
sorprendido su llegada.

—Lo... lo siento, señor Alfonso —
farfulló—. Nos dejamos llevar y
olvidamos cerrar la puerta.

Pedro lo miró furibundo, fijándose
en su camisa desabrochada, y en el
camisón semitransparente de Paula.

La expresión en su rostro era de un
desprecio indecible.
—Vaya a hacer la maleta,
Billingsly —le ordenó en un tono
gélido—. Mañana por la mañana
saldrán usted y ella de aquí.

Bruce se quedó mirándolo
boquiabierto. Claramente no había
esperado algo tan drástico.
—P-pero señor Alfonso... ¿qué... qué
les diré a mis superiores?

—Ése es su problema —respondió
Pedro—. Podrá darles todas las
explicaciones que quiera cuando yo
les haya relatado los hechos y les
pida que envíen a otro contable. Le
advertí que no quería esta clase de
comportamiento bajo mi techo.
Debería haberme escuchado.

—¡Pero...!
Bruce no pudo expresar su protesta,
porque el chico ya había salido del
dormitorio, dando un portazo que
hizo que retumbaran las paredes.

El contable se quedó mirando la
puerta con los ojos desorbitados.
— ¿No estaría hablando en serio...?

—Por supuesto que sí —murmuró
Paula aturdida.

Se bajó de la cama y se puso su bata.
Sentía como si todo su mundo
estuviese derrumbándose.

—Yo... yo no pensaba que fuese a
reaccionar así —balbució Bruce
—. Sólo quería asegurarme que no se
te tirara antes de que yo tuviera mi
oportunidad, eso es todo.

—¿Que se me tirara? —repitió ella
con una risa amarga—. Me odia
desde que me conoció. Siempre me
ha tenido por una frívola y una
libertina, y ahora gracias a ti piensa
que soy una especie de ninfómana.

Ya ves, tus tretas han acabado por
explotarte en la cara.

Bruce se había puesto amarillo y no
hacía más que frotarse la cara.

—Oh, Dios, creo que voy a
vomitar... —farfulló, agarrándose el
estómago—. Tengo que pagar las
letras del coche y la hipoteca de la
casa... cuando la empresa se entere
de esto me echarán a la calle...

—Te lo has buscado —respondió
Paula sin mirarlo—. Te dije que no
quería nada contigo, pero tú no me
escuchaste. Haz el favor de
marcharte.

Bruce alzó la vista, vio lágrimas
surcando las mejillas de la joven, y
reparó en la palidez de su rostro y la
expresión vacía en sus ojos.
—Estás enamorada de él... —
murmuró, comprendiendo de
repente. Paula le dio la espalda.

— Sí, y antes de que tú vinieras tenía
una pequeña esperanza de que
finalmente viera que no soy la clase
de persona que piensa, pero ahora
ya no me queda ni eso. Espero que
tu vida quede tan destrozada como
ha quedado la mía —añadió en un
arranque de furia.

Bruce pareció empequeñecer ante
sus ojos.
—Si te sirve de algún consuelo, me
siento como un completo idio.ta.
Como dicen, el ladrón cree que
todos son de su condición, y había
llegado a creerme la imagen que me
había montado de ti, y estaba
convencido de que ibas detrás de él
por su dinero. Quería desbaratar tus
planes para que te fijaras en mí
porque no podía competir con
alguien como Pedro Alfonso. Y, cuando
vi cómo te miraba... bueno, pensé
que, tal vez, si lograba deshacerme
de la competencia, tendría
una oportunidad contigo —alzó el
rostro, y vio que había tristeza
en sus ojos—.Nunca había sentido
esto por una mujer. Me tenías
obsesionado —le confesó con un
pesado suspiro—. Lo siento de veras,
si es que eso sirve de algo.

—No de mucho, me temo —
respondió ella.

—Lo imaginaba. En fin, buenas
noches. Te veré por la mañana —
farfulló Bruce, dirigiéndose hacia la
puerta cabizbajo. Justo cuando iba a
girar el pomo, se volvió hacia ella—.
Quizá si yo le explicara...

Paula esbozó una sonrisa triste.
—No te escucharía —le contestó—.
Cuando se le mete algo en la cabeza,
no hay manera de convencerlo de lo
contrario.

—Ya. Lo siento mucho, de veras —
volvió a decir Bruce antes de salir.

Capitulo 31: "Corazon Hecho Añicos"

Minutos después, ella resoplaba
furiosa, sentada con Luciana al borde
de la piscina tras darse un chapuzón.

—¿Otra vez has tenido un
encontronazo con mi hermano? —le
preguntó su amiga.

—¿Cómo lo has adivinado? —
contestó ella con un suspiro
hastiado.

—Oye, Pau —comenzó Luciana al
cabo de un rato—, he estado
pensando... ¿crees que Pedro esté
celoso? Desde que llegó ese tipo está
mucho más irascible.

Paula se puso roja como la grana.
—¿Pedro?, ¿celos por mí? Imposible.

—¿Y si le dijeras la verdad? Esa mala
experiencia que tuviste hace años, y
cómo se comporta tu tía contigo, y
qué clase de persona es en realidad
ese Billingsly. ¿Qué podrías perder?

—Mi amor propio, mi dignidad, mi...

—Puedes vivir sin esas cosas —la
interrumpió Luciana—, pero,
¿puedes vivir sin Pedro?

Paula bajó la vista.
—Ya me iré haciendo a la idea. Al fin
y al cabo llevo años haciéndome a la
idea de que nunca me verá como soy
en realidad —farfulló.

—Pues yo estoy segura de que siente
algo por ti —insistió Lu—, y tú
también lo piensas, estoy segura,
pero te diré algo, a menos que le
hagas ver la verdad, es muy probable
que acabe cerrándote las puertas de
su corazón para siempre.

Paula suspiró. Quizá su amiga tuviera
razón. «Nada gana quien nada
arriesga», se recordó.

—Bueno, supongo que su opinión de
mí ya no puede empeorar,
¿verdad? —le preguntó, poniéndose
de pie.

Luciana sonrió.
—Creo que iba a echar un vistazo a
las reses nuevas esta mañana,
cuando acabara con Bruce —le dijo
—. Búscalo en los establos.

—Vaya un sitio más romántico para
arreglar una discusión —gruñó Paula
sarcástica.

—Al menos tendréis privacidad —le
respondió Lu riéndose—. Yo lo
descubrí hace poco con Lucas—
añadió prorrumpiendo en nuevas
risitas —. ¡Y ahora ve allí y pelea!

El camino hasta el establo le pareció
a Paula más largo que nunca. A cada
paso que daba se preguntaba si no
debería girar sobre los talones y
regresar a la casa. ¿Y si no la creía?
¿Y si le decía lo mucho que lo amaba
y se reía de ella? ¿Y si le echaba los
brazos al cuello y la apartaba?

Cuando entró en la penumbra del
establo tuvo que parpadear varias
veces para ajustar su visión, y de
pronto vio una silueta que salía de
uno de los pesebres. Era Pedro, que
nada más verla se acercó, con una
mirada tan hostil que empezó a
pensar otra vez que aquello era una
locura.

—¿Buscando a tu amante? —le dijo
en un tono burlón.

—Estaba buscándote a ti —respondió
ella antes de que el coraje la
abandonara.

Pedro levantó la barbilla en un gesto
orgulloso, y la miró con los labios
fruncidos, estudiando su esbelta
figura envuelta en aquel vestido
amarillo de guingán. Se sujetaba por
una banda fruncida de elástico sobre
el pecho, y otra en la cintura, y
apenas le llegaba a las rodillas,
dejando al descubierto sus largas
piernas.

Un destello de pasión apareció en
los ojos de Pedro, y aquella pequeña
grieta en su armadura le dio a ella el
valor suficiente para acercarse a él.

Al menos no le era indiferente, se
dijo. Luego, cuando puso sus manos
sobre el tórax masculino, esa
impresión se reforzó. Podía sentir su
corazón latiendo con una fuerza
inusitada, y su pecho subía y bajaba
demasiado rápido para un hombre
que quería dar una imagen fría.

—¿Me escucharás ahora? —le dijo,
mirándolo a los ojos—. Bruce sólo
pretende desquitarse conmigo. Lleva
meses queriendo que salga con él, y
yo lo he rechazado todas y cada una
de las veces que me lo ha pedido.
Está herido en su orgullo, y por eso
quiere vengarse. Es a ti a quien amo,
Pedro, no a él...—murmuró. Se puso
de puntillas, imprimiendo suaves
besos en su garganta, su barbilla, la
comisura de sus labios... Armada con
el recién adquirido arrojo de haberse
atrevido a decirle lo que sentía por
él, le rodeó el cuello con los brazos,
enredó los dedos en su cabello, y
posó sus labios sobre los de él en un
beso apasionado, pero él no
respondió.

—Oh, bésame, Pedro, bésame, por
favor... —le rogó, apretándose
contra su cuerpo—.¡Bésame!

Unos dedos de hierro la agarraron
por los brazos y la apartaron
cruelmente de él, con tanta fuerza
que Paula se tambaleó ligeramente.

Retrocediendo hasta una viga de
madera, ella se quedó mirándolo con
los ojos muy abiertos y expresión
aprehensiva.

— ¡No te atrevas a volver a intentar
eso conmigo! —le advirtió Pedro en
un tono cortante como la hoja de
una cuchilla—. ¡Dios!, Todo lo que
Billingsly dijo de ti era verdad, ¿no
es cierto?—masculló mirándola de
arriba abajo con ojos acusadores—.
Ésta eres tú sin máscara, ¿no es así?
Libertina, lasciva, proas... y yo,
como un imbécil, tratándote como si
fueras de porcelana por miedo a
asustarte... ¡asustarte! ¿Cuánto
cobras por noche, Paula? —le
preguntó con una media sonrisa que
hizo que a ella le entraran náuseas
—. Tal vez podamos llegar a un
acuerdo.

Destrozada, Paula rodeó su cuerpo
tembloroso con sus brazos y se dio
la vuelta para marcharse.

—¿No vas a decir nada? —se mofó él
—. ¿Qué pasa?, ¿Esperabas que
cayera rendido a tus pies y te pidiera
que te casaras conmigo? Pues lo
siento por ti, pero tendrás que ir a
emplear tus artimañas con otro rico.

Paula se detuvo antes de llegar a la
puerta y se giró hacia él.
—Te equivocas conmigo —le espetó
—, y creerías cualquier cosa que te
dijeran de mí siempre que fuera algo
malo. No soy una ramera, igual que
tú no eres un hombre justo, y quizá
algún día te des cuenta. Claro que
tampoco supondrá ninguna
diferencia. Rico o no, no quiero
nada de alguien cegado por los
prejuicios.

Y, con esas palabras, volvió a darle
la espalda y se marchó.

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Aqui dos caps. Las cosas van a empeorar.. Para luego mejorar.. Graciass a todoos!
Comenten muchooo!
Soy @letipauliter