lunes, 3 de noviembre de 2014

Capitulo 12: "Aturdida"

—No me niegues esto, Paula... —jadeó
Pedro.
Asió un mechón de pelo de la nuca de
la joven, tiró suavemente, y aquello
hizo que ella se sorprendiera y abriera
la boca para protestar, momento que
su lengua aprovechó para introducirse
en ella.

Con la pericia de un experimentado
amante, exploró aquella húmeda
oscuridad, iniciando un baile
incesante con la lengua de ella. Paula
jamás había querido hacer aquello con
ninguno de los chicos con los que
había salido, y en cambio con
Pedro..., con Pedro era muy distinto.

La hacía sentir muy femenina, y nunca
hubiera imaginado que pudiera sentir
tanto placer como él le estaba dando.

Un profundo gemido de satisfacción
escapó de la garganta de la joven, y el
chico la tomó por la cintura,
levantándola un poco del suelo,
apretándola más contra sí.

—Pedro... —susurró Paula
quejumbrosa, cuando él despegó sus
labios de los de ella.

Él estaba esforzándose por recobrar el
aliento, y la miró jadeante a los ojos.
—Pequeña bruja de ojos negros... deja
de lanzarme sortilegios —masculló.

La soltó, se giró sobre los talones y
volvió a bajar los escalones, y se
dirigió otra vez hacia la entrada de la
casa, pero esta vez salió, dando un
portazo, como si estuviese irritado
consigo mismo por haberse dejado
llevar.

Paula se había quedado de piedra, con
la espalda pegada a la barandilla de la
escalera, y se llevó una mano a los
labios hinchados, palpándolos
incrédula. Años esperando, soñando
con ese momento... ¡Pedro la había
besado! Y lo más increíble de todo era
que había sido aún mejor que en sus
sueños.

Paula se pasó el resto del día en una
nube, y apenas podía concentrarse en
la cháchara de Luciana mientras
ponían la mesa para la cena.

—¿Sabes a qué acabas de decirme que
sí? —le preguntó su amiga entre risas.

—¿Eh? —respondió Paula, volviendo a
la realidad.

Luciana sonrió con malicia.
—Pues que acabas de responderme
que sí a tomar galletas con mostaza y
a montar en rinoceronte.

Paula sintió que se le subían los
colores a la cara y bajó la vista al
montón de platos que tenía en los
brazos.
—Lo siento —murmuró—. Supongo
que tenía la cabeza en otra parte.

—Hmmm... y llevas así toda la tarde...
—apuntó su amiga—. ¿No tendrá nada
que ver con el regreso de Pedro,
verdad? —aventuró maliciosa.

El plato que Paula estaba poniendo
sobre la mesa en ese momento se
tambaleó peligrosamente.
— ¿P... por qué dices eso? —balbució
con aire inocente.

Lu sonrió divertida.
—Porque Nicolas, uno de los peones,
salió hace una hora del barracón con
su petate al hombro.

Paula frunció el entrecejo y parpadeó
sin comprender.

Luciana se tapó la boca con la mano
para ocultar unas risitas.
—Cada vez que Pedro está de mal
humor, va y lo paga con Nicolas... —le
explicó—, la tiene tomada con el
pobre. Es como, el blanco perfecto
cuando Pedro necesita desfogarse y
echar la bronca a alguien. Y cada vez
que lo hace, Nicolas hace el petate y le
dice que dimite... hasta que Pedro va
tras él y le pide perdón. Es bastante
cómico. La última vez que pasó fue en
Semana Santa.

En Semana Santa... _____ se había
quedado pensativa, pero de pronto se
oyó cómo alguien entraba en la casa y
cerraba dando un portazo, y su
corazón se puso a latir como un loco.

— Oh, ya estás aquí, cielo —escuchó
decir a Ana en el vestíbulo—. Anda,
ve a lavarte. Las chicas están
poniendo la mesa.

—Ahora no puedo pensar en la
comida, madre. Se ha estropeado el
ordenador —gruñó la voz de Pedro
—, y en el maldito centro de
asistencia me dicen que no pueden
enviarme a un técnico, ¡pero yo
necesito esos registros ahora!

—Bueno, bueno, no te sulfures.
¿Acaso puedes hacer algo tú? —le
preguntó su madre—. Si te han dicho
que no puede ser...

—Ya verás que si puede ser. Haré que
venga uno de esos condenados
técnicos aunque tenga que ir allí
traerlo a rastras —masculló Pedro
—. No me esperen para cenar. No sé
a qué hora volveré. Sólo he entrado
para buscar mi abrigo y las llaves del
coche.

—Pero, Pedro...
La señora Alfonso ni siquiera pudo
acabar la frase. Se oyó de nuevo la
puerta, y al rato todo se quedó en
silencio.

—Es sábado por la noche... —
murmuró Paula meneando la cabeza
—. ¿No esperará de verdad que venga
un técnico a estas horas?- Luciana se
encogió de hombros, y en ese
momento apareció su madre, que se
quedó mirando la mesa, como si
hubiese visto un fantasma.

— ¡Cielo santo, niñas... ni que fuera a
cenar aquí hoy un regimiento! —
exclamó.

Sus ojos se pasearon incrédulos por el
estofado de lacón, las patatas
panaderas, las judías verdes, las
crudités de zanahoria y apio con sus
salsas para mojar, y el enorme pastel
de plátano que había sobre el mantel.

—Bueno, así no tendremos que
cocinar mañana —le dijo su hija,
guiñando un ojo a su amiga.

La señora Alfonso se rió.
—No, ya lo creo que no. Lástima que
Pedro se vaya a perder este banquete:
todos sus platos preferidos... —
murmuró mientras tomaba asiento y
se colocaba la servilleta en el regazo
—. ¿Estás dorándole la píldora para
que apruebe a Lucas? —
inquirió con malicia.

—En realidad el menú fue idea de
Paula—respondió su hija—, y el
estofado y el pastel los ha hecho ella
sola. A mí no se me da tan bien la
cocina.

La señora Alfonso, su hija y Paula
estaban viendo una película en la
televisión del salón cuando Pedro
regresó. Eran casi las once, y él
parecía agotado, pero en sus labios
había una sonrisa de satisfacción y
después de saludarlas se dirigió al
mueble que había en un rincón, junto
a su sillón favorito, sirvió un whisky y
se hundió en el mullido asiento con
bastantes papeles en la mano.

—Veo que conseguiste que viniera ese
técnico, cariño —le dijo su madre.

—Oh, sí, un tipo muy amable —
asintió Pedro, mientras ojeaba los
papeles sobre su regazo—. Voy a
vender unas cuantas vacas, y
necesitaba estos registros para decidir
cuáles.

—Pero si mañana es domingo —le
recordó Luciana extrañada.
—Ummm... —asintió él distraídamente
—, pero Oscar va a pasarse por
aquí mañana por la mañana antes de
ir a la iglesia para hacerme una
oferta, y quería estar preparado. De
ahí la urgencia —explicó.

De pronto alzó el rostro, y se
encontró con que Paula estaba
mirándolo. La joven bajó la vista de
inmediato, tratando sin éxito de
calmar los acelerados latidos de su
corazón.

—Bueno, como siempre, el héroe se
queda con la chica —murmuró Ana
levantándose y desperezándose
—. Siento dejarlos, pero las compras
de esta mañana me han dejado
baldada. Buenas noches a los tres —
se despidió, besando a cada uno
afectuosamente antes de subir las
escaleras.

Luciana empezó a cambiar de canal
hasta casi volver loca a su amiga.

—¿Todavía escribes a máquina,
Paula? —le preguntó Pedro de
improviso, sobresaltándola.

—Em... sí —balbució.
Pedro dejó el vaso de whisky, y se
levantó del sillón con los papeles en la
mano.

—Entonces, ven conmigo. Me
ayudarás a hacer la lista de los
animales que quiero vender.

Paula vaciló un instante, pero se puso
de pie.

—¿No vas a cenar nada? —
inquirió Luciana, despegando los ojos
de la pantalla, y observando curiosa el
rubor de su amiga.

—Luego —respondió él, revolviéndole
el cabello al pasar a su lado.

Lu le hizo un guiño a Paula, y una
sonrisa picara se dibujó en sus labios
cuando su amiga entró en el estudio
detrás de su hermano.

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