Se cruzó de brazos y giró el rostro
hacia la ventanilla, enfadada. ¡Y
pensar que había tenido tantas
esperanzas de solucionar ese día el
conflicto que había entre ellos!
Cuando le había pedido, o mejor,
anunciado, que iban a ir a Banff, no
había imaginado que tuviese en mente
iniciar una nueva discusión.
Descendieron hacia el valle,
atravesaron un paso a nivel, y
finalmente entraron en Banff. La
pequeña ciudad de Banff era un lugar
encantador, y un auténtico paraíso
para los turistas, pues había montones
de tiendas y restaurantes de todo tipo.
Pero lo más asombroso era el enclave
natural en el que se encontraba,
rodeada por los altísimos y
escarpados picos de las Rocosas,
gigantescos centinelas de piedra cuya
sombra majestuosa se proyectaba
sobre el verde valle por el que
discurría el río Bow, como una
serpiente de cristal.
—Qué maravilla... —musitó Paula sin
poder reprimirse, olvidando su enfado
por un momento.
— Sí que lo es —asintió Pedro—. Yo
llevo media vida viviendo al pie de
estas montañas, pero su belleza sigue
cortándome la respiración.
—¿Dónde vamos? —inquirió, al
ver que zigzagueaban por las calles de
Banff sin detenerse.
— He pensado que te gustaría ver a la
«vieja dama de las montañas» —dijo
mientras cruzaban el puente sobre el
río.
—¿La que?
—Es como llaman por aquí al hotel
Banff Springs —le respondió el chico
—. El edificio original se construyó en
1888, y tiene una arquitectura
verdaderamente única.
Segundos después aparecía ante su
vista el enorme hotel en la distancia.
— ¡Oh, es precioso! —exclamó ella
entusiasmada, fascinada por su forma,
que le recordaba a un castillo con sus
torres.
—Pues deberías verlo de noche —le
contestó él con una sonrisa—, con
todas las ventanas encendidas. Es todo
un espectáculo —detuvo el coche en
el aparcamiento y apagó el motor.
Entraron en el hotel, y Paula admiró
maravillada los suelos y paredes de
piedra, así como las puertas de
bronce, y lo siguió hasta uno de los
comedores que llamaban La Alhambra,
donde almorzaron. Paula volvía a
sentir que flotaba cuando salieron del
edificio. Pedro se había comportado
con educación, incluso con cortesía,
ni siquiera había vuelto a meterse con
ella.
—¿Dónde vamos ahora? —inquirió
cuando ya estaban fuera.
—Donde tú me digas —respondió él
—. ¿Te gustaría dar una vuelta por las
tiendas?
—Pero si es domingo —replicó Paula.
—Aquí muchas tiendas abren en
domingo: viven del turismo —repuso
él—. ¿Y bien?
—En ese caso, me encantaría —
confesó ella.
—Lo imaginaba —farfulló él malicioso
mientras echaban a andar—. Las
compras son el pasatiempo favorito
de las mujeres.
—Machista —le espetó ella, sacándole
la lengua—. Seguro que tú preferirías
estar con una escopeta al hombro,
cazando pobres alces —lo molesto.
Pedro se echó a reír.
—Bueno, cuando es temporada de
caza, sí — asintió—. Y también me
gusta esquiar. ¿Sabes esquiar? —
inquirió volviendo el rostro hacia ella.
—La verdad es que no.
—Pues si vienes en navidades, te
enseñaré. A eso... y a otras cosas —
añadió observándola de reojo con una
mirada que decía más que mil
palabras.
Paula apartó la vista.
—¿Como qué?, Según tú, ya no me
queda nada por aprender en ese
sentido.
Pedro la observó en silencio antes de
responder.
— «Nada» es una palabra demasiado
tajante — murmuró—, y quizá me
convendría averiguar cuánta
experiencia tienes exactamente —
añadió en un tono sensual.
Paula tragó saliva, reprimiendo el
deseo de salir huyendo de él.
— Qué bonita es aquella casa,
¿verdad? — comentó por cambiar de
tema.
Él se rió entre dientes.
— Sí, sí que lo es —asintió—. Cuando
te hayas cansado de ver tiendas
subiremos con el coche al lago.
Juntos recorrieron comercio tras
comercio de artesanía india, tallas
esquimales... A Paula le fascinó sobre
todo una tienda de pieles, y una
confitería de dulces tradicionales.
Pedro le compró un pequeño tótem de
madera tallada, y ella lo llevó el resto
del camino apretado contra su pecho,
diciéndose que sería un recuerdo que
guardaría toda su vida como un
tesoro.
Cuando se dieron cuenta habían
pasado dos horas, así que, tras tomar
un refresco, regresaron donde habían
dejado el coche y subieron hasta el
lago.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario