domingo, 2 de noviembre de 2014

Capitulo 10 : "Recuerdos"

En aquel entonces, Pedro le
provocaba auténtico terror, y cada
vez que se metía con ella se ponía
nerviosa, y casi siempre acababa
llorando y salía corriendo, tal y como
había dicho Luciana.

Sus padres habían perdido la vida
cuando el avión en el que volaban de
regreso de un viaje se vio sorprendido
por una tormenta y, desde entonces,
cada vez que se producía una,
evocaba irremediablemente aquel
desastre, que le había producido más
de una pesadilla, a pesar de no
haberlo vivido en persona.

Precisamente aquella noche se había
desatado una fuerte tormenta, una de
las más violentas que podía recordar,
y estaba llorando, acurrucada en la
cama, emitiendo pequeños sollozos
que creía que ninguno de los
habitantes de la casa pudieran haber
oído con el retumbar de los truenos.

Se equivocaba. De pronto se había
abierto la puerta y había aparecido
Pedro, que debía haber estado
asegurándose de que el ganado estaba
resguardado, porque llevaba puesta la
ropa de trabajo y estaba calado.

Llevaba la camisa medio
desabrochada, pues estaba
cambiándose en su cuarto cuando la
había oído, y Paula pudo entrever el
bronceado tórax. No podía despegar
los ojos.

Pedro se había sentado al borde de la
cama y la había atraído hacia sí,
acunándola, mientras trataba de
tranquilizarla susurrándole palabras
que ella no comprendía en medio de
sus sollozos. Paula notaba los fuertes
latidos del corazón del muchacho contra su
mejilla, y cuando él vio que estaba
más calmada y los truenos habían
pasado, la soltó, depositándola de
nuevo sobre el colchón y los
almohadones, con una sonrisa tierna
en los labios.

—¿Estás mejor? —le preguntó
levantándose.

— S... sí, gracias —balbució ella,
aturdida.

Pedro se quedó allí de pie,
observándola con una expresión
extraña en el rostro. Ella tampoco
podía apartar la mirada de él: el
cabello mojado, la camisa medio
desabrochada... Era la primera vez
que estaba a solas con un hombre en
su habitación a esas horas de la
noche, y su temor debió traslucirse,
porque de pronto, Pedro se dio la
vuelta, maldiciendo entre dientes y
salió del dormitorio.

Después de aquello, él la trató aún
con más frialdad que antes, y Paula
por su parte se esforzó aún más por
evitarlo. Era indudable que algo había
ocurrido durante los segundos que
estuvieron mirándose de aquel modo
tan intenso. Ella no estaba todavía
muy segura de qué había sido, pero
recordaba vivamente las sensaciones
que había experimentado cuando los
ojos de Pedro
habían descendido hasta el escote de
su camisón, y habían trazado cada
suave curva de sus pequeños senos
bajo la tela semitransparente. Aquel
recuerdo aún la llenaba de rubor.

Justo en ese momento llamaron a la
puerta y Luciana asomó la cabeza.
—Baja a comer algo, Pau —le dijo
—. Mamá está cortando lacón para
hacer unos sandwiches.

—¿Es que ya no trabaja para ustedes
la señora Peake? —inquirió
mientras iba junto a su amiga.
Recordaba con mucho cariño a la
empleada del hogar de los Alfonso.

—Oh, por supuesto que sí —replicó
Lu mientras bajaban las escaleras
—. Está visitando a su hermana, y por
eso estará fuera unos días. Y, por
cierto, le daría algo si viera las
lonchas de lacón tan finas que está
cortando mi madre —añadió con una
sonrisa maliciosa—. Pobre Pedro...

Paula sonrió sin querer.
—Pues sí, pobre, porque si tu madre
come como un pajarito, él es un pozo
sin fondo.

Luciana se echó a reír.
—Qué mala eres, Pau... Es normal,
tiene mucha actividad. Y, en cualquier
caso, no creas que se muere de
hambre cuando no está la señora
Peake: cuando mi madre se da la
vuelta, va a la cocina y se resarce
ampliamente saqueando la nevera.

Cuando llegaron al rellano, el pulso de
Paula se aceleró, pero su nerviosismo
no tenía razón de ser, ya que al entrar
en el espacioso comedor comprobó
que Pedro no se encontraba allí.

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