viernes, 7 de noviembre de 2014

Capitulo 25: "Primera Vez"

Cuando los dedos de él rozaron
sus senos, abrió los ojos y se
removió inquieta.
—No tienes nada que temer —le
aseguró Pedro.

Mirándola a los ojos, mientras sus
manos tomaban posesiones de
aquellas suaves cumbres, como si
tuvieran todo el derecho a hacerlo.

—No, por favor... —le rogó ella en
un susurro ahogado.

El silencio del campo pareció
magnificar el ligero roce de los
dedos de Pedro al acariciarla a través
de la camisa de algodón.

—¿Por qué no?

—Porque es algo tan... íntimo —
consiguió articular Paula con
dificultad, detestando las reacciones
de su cuerpo, que le decían a las
claras cuánto le gustaba lo que
estaba haciéndole.

Pedro inclinó la cabeza y le besó los
párpados, haciendo que cerrara los
ojos.
—No me mires de esa manera
acusadora —le susurró—. No voy a
hacerte daño. Sólo quiero sentirte,
tocarte... experimentar la suavidad
de tu piel bajo mis manos. Quiero
enseñarte todo el placer que pueden
darse un hombre y una mujer.

—No... lo que quieres es volver a
humillarme — musitó Paula
angustiada—. Igual que aquel día, en
Semana Santa, en el establo...

Paula notó cómo él se tensaba un
instante, antes de besarla en la
mejilla, y luego en el cuello, justo
bajo la oreja.
—Ésa no es la razón por la que estoy
haciendo esto —le susurró con
voz ronca—. Si quieres una, es que
me estoy consumiendo de deseo por
ti.

Él levantó la cabeza, y Paula abrió los
ojos, observando cómo los labios del
chico se colocaban a unos
centímetros de los suyos, y cómo la
tensión se acumulaba en su cuerpo.

—No... no me fuerces —le rogó
aprehensiva—. No seas rudo
conmigo...

—Te trataré como a una figura de
porcelana si confías en mí y me
dejas hacer —susurró Pedro contra
su boca—. Y si en algún momento
quieres que pare, no tienes más que
decírmelo.

Le rodeó las mejillas con las manos,
y sus labios descendieron sobre los
de ella, besándolos con dulzura, pero
también como si jamás fuese a
saciarse de ellos, y pronto Paula se
fue relajando ante esa pasión
contenida.

—¿Lo ves? —le dijo Pedro,
levantando la cabeza un instante, e
imprimiendo pequeños besos por
toda su cara—, no tenía intención de
saltar sobre ti como un perro de
presa.

Esbozó una sonrisa y, apoyando el
peso de su cuerpo en un codo,
escudriñó el rostro arrebolado de la
joven, y su mirada descendió hasta el
cuello de la camisa. Desabrochó un
par de botones, e introdujo la mano
en el estrecho espacio entre sus
senos, observando la reacción de
placer en los ojos de Paula cuando
tocó su piel desnuda, y sus dedos se
aventuraron bajo el encaje del
sostén.

—Eres tan exquisitamente suave... —
murmuró mientras la exploraba, y se
acercaba al erecto pezón.

Paula le clavó las uñas en los brazos,
y contuvo el aliento. Nunca había
experimentado una sensación igual;
ningún hombre la había tocado de
aquella manera. Era tan distinto de
aquella pesadilla, de aquel infierno
por el que había pasado a los catorce
años...

La creciente excitación hizo que su
cuerpo se tensara, como la cuerda
de un arco.

—Tranquila —le susurró Pedro,
rozando sus labios con los de ella
mientras la acariciaba más
sensualmente—, no voy a hacerte
daño. Simplemente relájate y deja
que suceda.

—Es que... es... mi primera vez...
Él volvió a tomar sus labios,
aumentando ligeramente la presión,
y de pronto sus dedos se cerraron
entorno a la cálida circunferencia,
engulléndola, y un gemido
involuntario salió de la garganta de Paula.

El propio Pedro se había quedado sin
aliento ante aquel sonido.
—Magia —murmuró, mirándola a los
ojos—. Lo que nos sucede cuando
estamos juntos es magia, como las
flores que se abren con el calor del
sol...

Se inclinó para besarla una vez más,
y Paula notó los salvajes latidos de su
corazón y escuchó su respiración
jadeante, mientras a ella la invadían
una miríada de nuevas sensaciones.

Tal y como él había dicho, parecía
magia. Le rodeó el cuello con los
brazos y enredó los dedos en su
cabello.
Sin que supiera cómo había
ocurrido ni en qué momento, la otra
mano de Pedro estaba también bajo
su camisa, masajeando y
acariciándole el otro seno.

Él interrumpió el beso para buscar
sus ojos, pero no dejó de tocarla.
—Parece que tus senos estuvieran
hechos para encajar en las palmas de
mis manos —murmuró en una voz
irreconocible por el deseo—. Quiero
mirarte, Paula. Esto no es
suficiente...

La idea de sus ojos esmeraldas
recorriendo la desnudez de su
cuerpo hizo que el corazón se le
subiera a la garganta a la joven.

Ella
también lo quería, pero...
—¿No tendrás miedo? —la dije Pedro
con dulzura—. Sabes que sería
incapaz de hacerte daño, ¿no es
verdad?

—Lo sé —respondió ella.

Le acarició el atractivo rostro
hipnotizada, trazando el contorno de
sus labios, la recta y arrogante nariz,
apartó un mechón de cabello de su
frente...
—Yo también lo quiero —le confesó
—, pero si no te digo ahora que no,
seré incapaz de hacerlo. Siento como
si estuviera ardiendo por dentro.

—Yo siento lo mismo —le dijo él,
aceptando su decisión a
regañadientes, y sacando las manos
de su camisa con un pesado suspiro.
Se apoyó sobre ambos codos, y la
miró a los ojos — Ésta también es la
primera vez para mí, ¿sabes?

Paula esbozó una sonrisa burlona.
—Oh, por supuesto.

Pedro se rió, peinando el largo
cabello de Paula con los dedos.
—No, lo digo en serio: no he besado
ni acariciado a una chica virgen
desde que tenía dieciséis años. Y
también ha sido la primera vez que
he tenido que parar —añadió
malicioso.

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