—¿Ha estado molestándote de
nuevo? —le preguntó Luciana
esa noche tras la cena, cuando las
dos subían a dormir.
Paula se limitó a asentir, y entró en
su dormitorio, consciente de que su
amiga la había seguido. Luciana cerró
la puerta tras de sí, y se sentó en la
cama, con las manos sobre el regazo,
y observó a la otra joven detenerse
frente a la ventana con una mirada
vacía.
—Pau, por favor, dime qué es lo
que ha ocurrido —insistió—. Esta
mañana sales tan contenta, y vuelves
pálida como un fantasma; Pedro e
marcha nada más llegar y a la hora
que es aún no ha regresado... hasta
mi madre, que siempre está en
Babia, intuye que ha pasado algo.
—No puedo hablarte de ello —
musitó Pau. Se apartó de la ventana
y exhaló un profundo suspiro—.
Lu, he pensado que lo mejor
será que mañana por la mañana me
vuelva a Nueva York.
— ¡Oh, no, por favor, Pau! —
exclamó su amiga poniéndose en pie,
con una tristeza enorme en el rostro
—. Tienes que contarme qué ha
sucedido. ¿No habrá... ha intentado
algo?
Paula no quería contestar, pero su
vacilación y el miedo en sus ojos la
delataron.
—¿Jamás le has dicho lo que te pasó
a los catorce años, no es cierto? —
inquirió Luciana.
Paula meneó lentamente la cabeza.
—Me habría acusado de incitar a
aquel hombre —le dijo—, ¡y lo sabes!
Cree que soy una zorra, y así es
como me ha tratado hoy.
—Oh, Pau... —murmuró Luciana,
yendo a abrazarla—. Dios, iría y lo
molería a palos si con eso pudiese
consolarte. Es un bruto y un
idio.ta —masculló—. Y, sin embargo,
si te odiara como tú crees, ¿por qué
iba a intentar nada contigo? ¿No te
parece extraño? No sé, yo diría que
en el fondo sí siente algo por ti.
Paula se apartó de ella y le dio la
espalda.
—No, odio es lo único que siente por
mí. Me odia y me lo ha demostrado.
Tengo que marcharme, Luciana, no
puedo seguir aquí por más tiempo.
¿Es que no lo ves?
—Al menos podrías esperar hasta
mañana para tomar esa decisión —le
suplicó, preocupada—. Sé
que ahora mismo no puedes ver
salida a esto, pero, te lo ruego,
consúltalo con la almohada. Las
cosas podrían cambiar...
—No cambiará nada —repuso Paula
pesimista—, pero lo haré porque tú
me lo pides.
Luciana la besó en la mejilla, la
abrazó de nuevo, y salió del
dormitorio.
Paula empezó a andar arriba y abajo.
¿Consultarlo con la almohada?
Aquello no serviría de nada. No
podía quedarse allí y permitir que
Pedro siguiera tratándola de esa
forma tan denigrante.
Durante mucho tiempo se había
preguntado cómo reaccionaría si
Pedro intentara algo con ella, y
ahora ya lo sabía: había sentido
verdadero pánico. Pero... pero no
había sido así junto al lago, se dijo.
No, junto al lago había sido dulce y
tierno, y ella no se había asustado.
Incluso había deseado que siguiera.
Se cruzó de brazos y suspiró. Tal
vez, si no hubiera sido tan brusco
con ella en el coche, habría
reaccionado del mismo modo. No le
habría negado nada si hubiera sido
menos rudo.
No, no podía seguir en el rancho,
pero la idea de tener que volver al
apartamento de Nueva York la
deprimía. ¿Estaría su tía Dilly allí
cuando llegase? Ciertamente,
esperaba que no. Dilly nunca había
sentido cariño por ella. El haber
tenido que llevarla consigo al morir
su hermano la había irritado
profundamente, acostumbrada como
estaba a vivir sin ligaduras ni
obligaciones: de fiesta en fiesta, de
viaje en viaje... Después de que aquel
amante suyo intentara forzarla, el
muy idio.ta le había dicho a su tía
Dilly que ella había estado
insinuándosele, y ella lo había
creído, y desde entonces se había
mostrado aún más fría y distante,
levantando un muro insuperable
Paula estaba segura que jamás caería.
Ella ansiaba con toda su alma
terminar por fin sus estudios
universitarios, encontrar un empleo
fijo, y poder vivir por fin por su
cuenta.
Se puso el camisón y se metió en la
cama decidida a no pensar en Pedro,
ni en su tía, ni en el futuro tampoco,
pero no pudo evitarlo, y dio muchas
vueltas en el lecho antes de
dormirse.
A la mañana siguiente, se
levantó antes que nadie. Al bajar, se
encontró la cocina desierta. La
señora Peake aún estaba visitando a
sus parientes, y esos días los
integrantes de la familia Alfonso se
habían conformado con un café y
tostadas, pero, como no quería
marcharse sin despedirse de nadie,
decidió que haría bien en
entretenerse con algo para no
ponerse nerviosa antes de
enfrentarse a Pedro, y se le ocurrió
que lo que haría sería preparar un
buen y abundante desayuno. ,
Frió bacón, hizo tortitas, galletas,
huevos revueltos, café y zumo de
naranja, y justo cuando estaba
terminando de poner la mesa en el
comedor, apareció Pedro, y se quedó
paralizado en la puerta al ver todo
aquel banquete.
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