Aquella noche, Paula apenas pudo
dormir por la emoción, y a la mañana
siguiente se levantó con los ojos llenos
de sueños y esperanzas. Estaba tan
emocionada que tenía la sensación de
que, si quisiera, podría volar: ¡un día
entero en compañía de Pedro!
Después de asistir a la iglesia y de que
cerrara el negocio con el
comprador de las reses, volvieron a
Gray Stag y salieron hacia Banff en el
imponente porsche negro de Pedro.
Paula iba feliz, observando los bosques
de enormes pinos que se erguían a
ambos lados de la serpenteante
carretera.
—Todo esto es precioso —murmuró
embelesada—, y el aire parece tan
limpio —añadió con la mirada perdida
en el cielo azul.
Pedro se rió suavemente.
—Gracias a nuestro gobierno
«provincial» —respondió irónico. Era
cierto que algunos ingleses se
burlaban de las estrictas medidas
ecológicas adoptadas por Londres—.
Tenemos unas normas
medioambientales básicas que todas
las empresas que operan aquí tienen
que respetar para que el agua y el aire
se mantengan limpios.
—No presumas tanto —le dijo ella
—. En Georgia también tenemos un
buen plan de protección
medioambiental, no te creas.
Pedro le dirigió una breve mirada.
—Siempre olvido que eres de
Georgia —murmuró él—. Tiendo a
asociarte con Nueva York, a pesar de
ese acento.
—¿Por qué, porque soy modelo? —
inquirió ella, poniéndose a la
defensiva—. No es más que un
trabajo, Pedro.
—No, un trabajo es algo que uno hace
por necesidad —replicó él con
aspereza sin mirarla—. Tú te dedicas a
la moda porque te gusta el glamour
que rodea a ese mundillo.
¡Qué equivocado estaba!, pensó Paula
desolada. Trabajaba como modelo
porque era la única profesión con la
que podía ganar el dinero suficiente
como para mantenerse por sí misma y
poder estudiar, ya que Dilly se había
negado a prestarle ninguna ayudada
económica desde... desde aquel
horrible incidente que la joven
prefería no recordar. Pero, por
supuesto, Pedro no lo sabía, y
probablemente no la creería si se lo
dijera.
—Y ya que estamos te daré un
consejo —continuó él, sin darse
cuenta del daño que le estaba
haciendo—: la diversión y el glamour
no durarán siempre, y los hombres no
suelen casarse con sus «amiguitas»,
las chicas jóvenes y guapas como tú
con las que salen por ahí a divertirse.
— ¡Oye, espera un momento! —
exclamó ella, girándose hacia él en el
asiento y lanzándole una mirada
furibunda—. No soy la «amiguita» de
ningún hombre ni lo seré nunca.
—¿Acaso aspiras a echarle el lazo a
alguno? — inquirió él, casi con
desprecio—. En fin, supongo que si
encuentras a uno lo bastante tonto lo
convencerás y caerá en tus redes.
Los ojos de Paula llameaban, y sus
mejillas estaban rojas de indignación.
¿Por qué, por qué había sido tan
*beep* como para pensar que aquella
vez las cosas iban a ser distintas?
—Juzgar a la gente es muy fácil —le
dijo—, sobre todo cuando, como
haces tú, te basas en pruebas
circunstanciales para emitir tus
juicios. ¡Lo que no alcanzo a imaginar
es de dónde te sacas que el mundo de
la moda es una especie de red de
prostitución!
—El mundo es un pañuelo, cariño —le
contestó él burlón—: ya te dije que
tenemos un conocido común, y sabe
mucho de tu vida nocturna.
Paula dejó escapar una risa incrédula.
—¿Mi vida nocturna? —explotó
—. ¡Por favor!, ¡Mientras estoy en la
universidad trabajo por la noche en
una cafetería y tengo que estudiar; y
cuando estoy en Nueva York, que es
cuando hago trabajos como modelo, y
regreso al apartamento después de un
día posando o después de participar
en un desfile, lo último de lo que
tengo ganas es de salir por ahí! Lo que
hago es meter los pies en agua con sal
y descansar para el día siguiente.
Únicamente salgo cuando llega el fin
de semana.
—Lo que tú digas —contestó él
ásperamente.
—¿Y quién es exactamente tu
misterioso informador? —le preguntó
Paula sin rodeos.
—Te lo presentaré un día de estos.
—Me muero por saber quién es —
respondió ella sarcástica
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