Lo único
bueno que tuvo el abrupto regreso
de a Nueva York fue que su tía
aún seguía fuera. Había una escueta
nota sobre la mesita del vestíbulo,
diciéndole que lo más probable era
que estuviera en Mónaco hasta
finales de septiembre.
Lo primero que hizo Paula fue llamar
a la agencia de modelos, y le dieron
una alegría cuando le dijeron que
tenían muchos trabajos para ella si
quería aceptarlos. Estuvo tan
ocupada que los días siguientes
pasaron volando. No tuvo tiempo ni
de pensar en Pedro. Hizo dos
anuncios, un pase de moda, una
sesión fotográfica para un reportaje
de sombreros en una revista, y otras
para distintos anuncios también de
prensa. Al llegar el final de la semana
estaba reventada. El domingo,
mientras se daba un baño para
relajarse, empezó a hacer cuentas
mentalmente, sumando las
cantidades que había ganado esos
días. Tendría bastante para pagar el
siguiente semestre, y aún le quedaría
para pagar el billete de avión a
Connecticut.
La temporada baja en la industria de
la moda llegaría pronto, pero si se
esforzaba lo bastante en esas
semanas, antes de que volvieran a
empezar las clases, tal vez lograra
ahorrar como para arreglárselas con
ese dinero y lo que ganara con su
empleo en la cafetería.
Aquella noche, tal vez por la tensión
acumulada, tuvo muchas pesadillas,
en las que siempre aparecía Pedro, y
a las siete de la mañana se despertó
empapada en sudor y con las
mejillas húmedas por las lágrimas.
Se
dio una ducha, se lavó el pelo y,
envuelta en su albornoz, se preparó
un café bien cargado. ¿Lograría
alguna vez olvidar su crueldad, el
modo en que la había tratado, como
si fuera una zorra barata?
Se secó el pelo, se puso unos
pantalones beige, una blusa blanca y
unas sandalias de tacón, y se dispuso
a preparar todo por si cuando
fueran las nueve y llamara a la
agencia, tuvieran algo para ella. Se
maquilló con esmero, se limó las
uñas y guardó en su bolsa las cosas
que podía necesitar: peine, cepillo,
estuche de maquillaje, pañuelos de
papel, pinzas y horquillas, algo de
ropa y unos zapatos. Cuando lo tuvo
todo listo, suspiró, y se dirigió al
amplio ventanal, observando el
despertar de la ciudad.
Sin poder remediarlo, su mente
volvió a revivir lo ocurrido en su
último día en Gray Stag. ¿Por qué,
oh, Dios, por qué Pedro siempre
tenía que pensar lo peor de ella?
Además, no acababa de comprender
por qué se había puesto tan
furioso con Bruce. Los celos podrían
quizá ser la explicación, pero era
imposible que sintiese celos
por ella cuando le tenía tan poco
respeto para tratarla como la había
tratado. Claro que, si no estaba
celoso, ¿por qué había mandado a
Bruce de vuelta y le había dicho que
informaría de lo ocurrido a su
empresa? Si con quien estaba
irritado era con ella, ¿por qué
castigar a un hombre al que creía
que ella había tentado?
Volvió a suspirar y meneó la cabeza
mentalmente. ¡Qué difícil era matar
la esperanza!, se dijo deprimida.
Durante el trayecto al aeropuerto,
con Bruce afligido al volante del
coche que les había prestado,
había esperado en vano que Pedro
hubiera ido tras ellos para
disculparse y pedirle que no se
fuera, y no había ocurrido. No había
vuelto a verlo desde que saliera del
estudio. Luego, los primeros días de
vuelta en Nueva York se había
preguntado si tal vez la llamaría,
pero tampoco había ocurrido. ¿Y por
qué iba a llamarla?, Se preguntó con
una risa amarga ante su propia
ingenuidad. A Pedro no le importaba
nada. Probablemente lo único que
sentía era culpabilidad por su brutal
arranque... si es que su odio por ella
se lo permitía.
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