jueves, 6 de noviembre de 2014

Capitulo 18: "Fondue"

Genial, mamá!, ¡Este sitio es perfecto
para un picnic! —se oyó gritar a una
niña. En su entusiasmo, Paula y Pedro
no habían oído llegar a un coche que
se había detenido allí cerca, y al girar
la cabeza, Pedro vio que de él estaba
bajando una pareja con sus hijos.

Paula había dado un respingo
sobresaltada al oír la voz de la niña, y
Pedro se había apresurado a dejar
caer de nuevo la camisola para cubrir
sus senos, y la abrazó contra sí. Por
suerte su ancha espalda la ocultaba de
los recién llegados, pero Paula estaba
temblando, mientras contenía
lágrimas de frustración por que de
nuevo hubieran sido interrumpidos.

La respiración de Pedro parecía tan
entrecortada como la de ella.
— Shhh... tranquila... —le susurró
mientras besaba su cabello
—. Tranquila, abrázate a mí, eso es...

Paula se aferró a la pechera de su
camisa, detestando su propia
debilidad, y que él fuera capaz de ver
hasta qué punto lo deseaba.

Pedro le acarició el cabello.
—No te avergüences, Paula—le dijo—.
Yo lo deseaba tanto como tú.

El matrimonio pasó cerca de ellos, les
dieron las buenas tardes, y se alejaron
hacia el otro extremo del lago,
seguidos de sus pequeños.

—Ya se han ido —le dijo  a Paula,
que no había querido apartar el rostro
de su pecho, para que no pudieran
ver sus lágrimas.

La joven tragó saliva y levantó la
cabeza.
—¿Podríamos irnos ya? —le pidió,
rehuyendo la mirada divertida del
chico.

—Claro. Vamos, se me ha ocurrido
una idea —le dijo, pasándole un brazo
por los hombros mientras regresaban
al lugar donde habían dejado el coche
—, te llevaré a una cafetería donde
preparan unas fondues riquísimas. Te
va a encantar, ya verás.

—Pero, ¿y ese hombre al que tenías
que ver por asuntos de negocios? —le
recordó.

Pedro se quedó mirándola un instante
con las cejas fruncidas, como si no
supiera de qué estaba hablando.

—Oh, sí, ya —murmuró—. Quedaré
con él otro día. De todos modos ya se
nos ha hecho demasiado tarde para
eso.

Durante el trayecto en coche, Pedro
estuvo muy callado, y Paula se
preguntó si se habría molestado
porque no había podido ver a aquel
hombre. Al fin y al cabo, no había
sido culpa suya. La idea de que ella lo
acompañara había sido de él.

Por fortuna, cuando estuvieron
sentados en la cafetería, con sendos
cafés y una fondue de chocolate
fundido con frutas cortadas para
mojar en él, Pedro pareció distenderse
un poco y comenzaron a charlar.

Paula mojó un trozo de fresa, y casi lo
perdió en la cazuelita. Cuando al fin
consiguió recuperarlo, se dio cuenta
que Pedro estaba observándola con
una sonrisa divertida en los labios.

—Ten cuidado —la previno—, la
tradición aquí es que si una mujer
deja caer un trozo en la fondue,
tendrá que conceder un beso a cada
uno de los hombres que hay en la
mesa.

Las mejillas de Paula se tiñeron de un
ligero rubor.
—¿Y si es un hombre al que se le
cae? —inquirió.

— Si es un hombre, le toca invitar a
una ronda — contestó.

Se quedó mirando largo rato sus rojos
labios.
—Parece que es nuestro destino ser
interrumpidos —comentó en un
susurro.

En su aturullamiento, a Paula se le
volvió a caer otro trozo de fruta en el
chocolate, y se sonrojó aún más.

— Si fuera mal pensado —murmuró
él, rescatando con su tenedor el trozo
de fruta y ofreciéndoselo—, diría que
lo has hecho a propósito.

Ella se inclinó hacia delante y abrió la
boca para tomar el bocado. Tuvo que
lamerse los labios con la lengua para
limpiar el chocolate que había
quedado en ellos, y Pedro la observó
con una intensidad que la hizo apartar
la vista.

—No me extrañaría que lo pensases —
murmuró entristecida, mientras
tomaba un sorbo de café —. Hace
mucho que no me hago ilusiones
sobre lo que pienses de mí.

Pedro enarcó una ceja.
—¿Y qué crees exactamente que
pienso de ti? — inquirió.

—Que soy una mujerzuela ávida de
dinero — contestó sin mirarlo.

Él acarició pensativo el asa de su taza.
—¿Y por qué no has intentado
convencerme de lo contrario? Hasta la
fecha no has puesto demasiado
empeño en ello.

—¿Para qué iba a molestarme siquiera
en intentarlo? —le espetó ella—. No
creerías nada de lo que pudiera decir
en mi defensa. Nunca lo has hecho.
Me has odiado desde el día en que
nos conocimos, hace cinco años.

Las comisuras de los finos labios
de Pedro se arquearon levemente en
una sonrisa socarrona.
—No exactamente.

Paula lo ignoró.
—No querías ni que fuera al rancho a
ver a Lucianaa. De hecho, si rechacé
sus últimas invitaciones fue porque tú
no me hacías sentir precisamente bien
recibida.

—¿De verdad no has venido en las
últimas ocasiones por ese motivo...
por qué pensabas que yo tenía algo
contra ti?

—¿Qué otra razón podría haber para
que no quisiera venir a pasar unos
días con mi mejor amiga? — le
contestó, incómoda.

—No sé... ¿qué otra razón podría
haber? —la remedó Pedro, entornando
los ojos.

Ella carraspeó.
—¿No deberíamos volver ya al
rancho? —se apresuró a decir.

Pedro buscó sus ojos, y se miró en
ellos largo rato.
—Antes, junto al lago, creí que ibas a
desmayarte cuando empecé a
tocarte —murmuró—. ¿Por qué me
tienes miedo?

—No te tengo miedo —le contestó ella
con firmeza, apartando el rostro—. Es
que me... me tomaste desprevenida,
eso es todo.

— Sí, ya me di cuenta —farfulló él,
decidiendo que sería mejor no insistir
más en el asunto, pero observándola
de un modo suspicaz.

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