—Vendrás al rancho con nosotros —le
anunció Pedro sin darle opción a
protestar—. Lo último que necesitas
es estar sola en ese maldito
apartamento mientras esa atolondrada
que tienes por tía va saltando de cama
en cama por toda Europa, sin que
nadie se ocupe de ti.
Paula sabía muy bien que a Pedro no
le gustaba su tía, ya que él nunca se
había molestado en ocultárselo, y
estaba segura de que esa
desaprobación se había extendido
automáticamente a ella.
—No tienes por qué fingir que te
preocupas por lo que pueda
ocurrirme —le dijo fríamente—. Hace
un rato me ha quedado muy claro que
no te importa en absoluto.
Los dedos de Pedro apretaron los
suyos.
—No quería que oyeras lo que le
estaba diciendo antes a Luciana —le
dijo, bajando la vista hacia ella—. A
veces tengo que decirle ciertas cosas
para mantener el asunto velado.
Paula parpadeó confundida.
—No comprendo —murmuró.
Pedro le sostuvo la mirada con una
intensidad tal en sus ojos esmeraldas,
que hizo sentir a la joven ligeramente
temblorosa.
Él apretó la mandíbula.
—Nunca lo has hecho —masculló—.
Me tienes demasiado miedo como
para intentar comprender.
— ¡Yo no te tengo ningún miedo! —
replicó ella con los ojos
relampagueantes.
—Yo creo que sí, y es porque sabes
que yo lo querría todo o nada, ¿no es
verdad?
Paula sintió que le flaqueaban las
piernas al alzar la mirada hacia él,
todavía más confundida por sus
palabras. Intentó soltar su mano de la
de él, pero una vez más, Pedro se lo
impidió.
—No tienes por qué ponerte nerviosa
—murmuró él, esbozando una sonrisa
maliciosa—. El que tenga tu mano en
la mía no significa nada, es sólo en
defensa propia: así no puedes
abofetearme como querías hacer antes
—añadió, riéndose suavemente.
Aquel sonido, al que Paula estaba tan
poco acostumbrada a oír proviniendo
de él, la fascinó, y sin darse cuenta se
quedó mirándolo. Ella no era
precisamente baja, pero Pedro la
superaba, y no sólo en altura, sino
que también era robusto.
—¿Te gusta lo que ves? —inquirió él
con insolencia.
— Estaba pensando que Luciana me
había dicho que aunque hace años que
vives en Chesire, tú naciste en
Australia —improvisó—. ¿Es cierto?
—Así es —asintió él—. Mi madre es
britanica, y cuando heredó de mi
abuelo el rancho que tenemos,
dejamos Australia. Lu no había
nacido todavía, y después, cuando ella
aún era pequeña, yo pasaba la mayor
parte del año viajando con nuestro
padre de nuestra propiedad en
Australia a la de Doncaster, así que
durante bastante tiempo mi madre y
mi hermana fueron casi unas extrañas
para mí.
—Tú tampoco pones demasiado de tu
parte para que la gente se acerque a ti
—apuntó Paula sin poder reprimirse.
Habían llegado junto al edificio del
comedor, y Pedro se detuvo al lado de
la puerta y se volvió hacia ella con
una ceja enarcada.
—¿Cuánto quieres acercarte
exactamente... a mi billetera? —
inquirió sarcástico.
Paula le lanzó una mirada furibunda.
—No me interesa tu dinero ni el de
nadie —le espetó con altivez, tirando
de su mano bruscamente, y logrando
liberarse al fin—. Tengo todo lo que
necesito.
—¿De veras? —contestó Pedro—.
Entonces, ¿por qué vives con tu tía?,
¿Por qué tiene que mantenerte?
Con lo que ganaba con su trabajo,
Paula tenía bastante no sólo para
pagarse la universidad, sino también
para permitirse un modesto alquiler,
pero no le veía el sentido cuando
pasaba nueve meses en la residencia
del campus, y prefería ahorrar ese
dinero.
—Piensa lo que quieras —masculló—.
Es lo que harás, diga lo que diga. No
sabes nada de mí.
Pedro bajó la vista a los suaves labios
de la joven.
—Sé que bajo esa belleza exterior y
ese orgullo, puedes ser un auténtico
volcán cuando ansias los besos de un
hombre.
Paula notó que le ardían las mejillas, y
sintió nuevos deseos de abofetearlo
cuando, con un gesto burlón, él le
abrió la puerta y la sostuvo para que
pasara. Entró sin dignarse a mirarlo,
como si no existiera y observó con
alivio que Luciana estaba allí
esperándolos, sentada sola en una
mesa.
Increiblemente, el desayuno fue muy
agradable. Era una de las pocas veces
que Paula recordaba haber pasado más
de diez minutos en compañía de Pedro
sin que éste la molestara
constantemente. Le daba la impresión
de que, de algún modo, la
conversación que acababan de tener
había obrado un cambio en la
tempestuosa relación que tenían.
— Bueno, entonces, ¿cuánto tardaran
en hacer las maletas? —les preguntó
él, mientras apuraba su segunda taza
de café.
En la mesa contigua, un grupito de
chicas le lanzaban miradas,
cuchicheaban entre sí y prorrumpían
en
risitas.
—En cuanto pueda, tomare el primer
vuelo que salga para Nueva York —se
apresuró a decir Paula.
Pedro la observó, y pudo leer una
expresión inequívoca de pánico en su
rostro.
—Tú y yo resolveremos nuestras
diferencias este verano —le dijo en un
tono que hizo que sintiera un
cosquilleo en el estómago—. Luciana
quiere que vengas, y no hay razón
para que le niegues tu compañía.
A Paula le preocupaba dónde pudiera
conducirles el resolver sus
diferencias. Los hombres la
intimidaban bastante, y más aún
Pedro. Además, había ciertas heridas
que no quería que se reabrieran.
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