miércoles, 29 de octubre de 2014

Capitulo 2

Paula se quitó la bata, arrojándola
sobre la cama, y con ella los
recuerdos de aquel día, y se cambió,
poniéndose un traje pantalón beige
que le había mandado su tía por
Semana Santa, uno de los muchos
regalos con los que parecía querer
suplir su falta de cariño y afecto.

Se cepilló el largo y rubio
cabello, pero, tras dudar un instante,
dejó donde estaba su estuche de
maquillaje. Tenía la suerte de tener la
piel suave, unos labios color fresa que
no necesitaban de pintalabios, y unas
pestañas que, aun sin rimel, lucían
larguísimas, espesas y oscuras. Se
puso los zapatos y bajó las escaleras
en busca de Luciana, preguntándose
dónde habría ido con tanta prisa.

Llegó al rellano del piso inferior, pero
al ir a pasar por la sala común, para
dirigirse al vestíbulo, se detuvo en
seco en la puerta. Lu estaba
sentada en un rincón, y casi la tapaba
un hombre alto de cabello castaño, de
espaldas a Paula.

Estaban discutiendo tan
acaloradamente, que ninguno de los
dos advirtió su llegada.

— ...y yo he
dicho que ni hablar —le estaba
diciendo Pedro en un tono firme, que
no admitía discusión—; no voy a
permitir que vuelva a poner patas
arriba el rancho como hizo en Semana
Santa. ¿Crees que los hombres pueden
trabajar con ella paseándose por ahí?
No hacían más que mirarla...

—Eso no es culpa suya —replicó
Lu irritada, saliendo en defensa
de su amiga—. Además, Paula no es la
clase de persona que tú crees que es,
no se parece en nada a su tía...

—Porque no es rica como ella, quieres
decir — masculló él sarcástico—. Pero
seguro que pronto le encuentra
remedio, en cuanto encuentre a un
tonto con la cartera llena de billetes
—se metió las manos en los bolsillos
—. Pues que se le vaya olvidando lo
de pasar el verano mirando a mis
hombres con ojitos tiernos... o a mí,
ya que estamos —añadió con una risa
áspera.

Paula Se puso roja como una amapola.
Durante las vacaciones de Semana
Santa en el rancho Alfonso había
cometido una estupidez que todavía
no había logrado borrar de su mente,
y parecía que él tampoco.

— ¡No digas tonterías, Pedro! —
exclamó Luciana patidifusa—. A Paula
le das verdadero pavor. ¿Por qué
razón querría...?

—Oh, sí, ¿por qué razón querría tratar
de seducirme? —repitió él en tono
burlón—. ¿Acaso no te fijaste en cómo
me miraba cuando estuvo en el
rancho en Semana Santa? Una Semana
Santa que, por cierto, habría preferido
pasar tranquilamente sin extraños, a
solas con mi familia —añadió con
crueldad—. Nuestra madre tendría
que haber tenido otra hija para que te
hiciera compañía, ¡así quizá no irías
por ahí recogiendo a chicas
desamparadas!

Paula palideció. Se quedó muy quieta,
como un animalillo herido, con los
ojos vidriados por el dolor. Pedro se
giró justo en ese momento y la vio.

La
expresión en su rostro fue casi
cómica.

— ¡Oh!, Pau... —gimió Lu
espantada, al comprender que lo había
oído todo. Se puso de pie y balbució
—: Pedro no quería...

Paula se irguió orgullosa.
—Estaba... estaba buscándote por si
querías venir a desayunar conmigo —
le dijo suavemente—. Estaré en el
comedor.

—Pedro no iba a venir hasta esta
tarde, y se ha presentado aquí de
improviso —dijo su amiga
atropelladamente—. Estábamos
hablando de las vacaciones y...

—Seguro que te divertirás mucho —la
cortó Paula, forzando una sonrisa—.
Estaré en el comedor — repitió,
dirigiéndose hacia la puerta que daba
al vestíbulo.

— ¡Espera, Pau! —le rogó Lu—.
Quiero que vengas a pasar las
vacaciones conmigo... —le dijo,
lanzándole una mirada desafiante a su
hermano.

Pau, que se había detenido y se había
vuelto hacia ellos, le respondió
quedamente:
—No, gracias.

—Pero si Pedro ni siquiera estará en
el rancho la mayor parte del tiempo...
—insistió su amiga.

Paula miró al chico, que estaba allí de
pie, sin decir nada, y con la
mandíbula apretada.

—Lo siento, Lu, pero estoy
cansada de tener que pasar las
vacaciones soportando el que tu
hermano me trate como si tuviese una
enfermedad contagiosa. Yo prefiero
pasar el verano en Nueva York, y él
estará encantado de tener a tu madre
y a ti para él solo —añadió con toda
la intención.

—Pau... —balbució Luciana.

—Además, tengo varias ofertas de
trabajo de la agencia en perspectiva —
añadió, lanzando una mirada asesina a
Pedro y dándoles la espalda—. ¿Por
qué querría pasar el verano en un
rancho, cuando puedo seducir a la
mitad de los hombres de Nueva York
mientras hago una fortuna? —el labio
inferior le temblaba mientras hablaba,
pero ni Luciana ni su hermano podían
verlo—. Gracias de todos modos. No es culpa tuya que tu
hermano sea un estu.pido insufrible.

Y, con esa nota desafiante, abandonó
la sala común, atravesó el vestíbulo y
salió de la residencia, a la luz del sol,
con las lágrimas agolpándose en sus
ojos.

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