jueves, 30 de octubre de 2014

Capitulo 3: Cruel 1/2

Mientras avanzaba aturdida por el
camino empedrado, no pudo contener
por más tiempo el deseo de llorar, y
las lágrimas rodaron una tras otra por
sus mejillas.

¿Cómo podía ser tan cruel?, ¿Cómo?
¡Estú.pido machista prejuicioso! ¡Y
pensar que había sugerido que si iba
al rancho intentaría seducirlo...!

¡Como si pudiera haber sobre la faz de
la tierra una mujer tan idio.ta como
para querer tener una relación con un
hombre tan arrogante...!

Se secó las lágrimas con el dorso de la
mano, furiosa consigo misma por su
propia debilidad. Escribiría a Luciana,
eso no podía impedírselo Pedro, y
volverían a estar juntas en la
universidad cuando llegara el otoño.

Pasó junto a dos compañeros de clase,
que estaban charlando sentados en el
césped, y estaba esbozando una débil
sonrisa a modo de saludo, cuando una
mano la agarró del brazo y la hizo
girarse, arrastrándola bajo la sombra
de un roble cercano.

—¿Huyendo de nuevo? —la pregunto
Pedro, mirándola fijamente—. No es
una reacción muy madura que
digamos.

— Se llama instinto de supervivencia;
me pones tan furiosa que se me olvida
que debo comportarme como una
señorita... —le espetó ella, secándose
una lágrima con fiereza—. Oh,
perdona, ya no me acordaba que,
según la elevada opinión que tienes de
mí, ni siquiera merezco ese título —
añadió con sarcasmo.

Pedro no contestó a eso.

—Luciana está en la residencia,
llorando a lágrima viva —le dijo con
aspereza—, y yo no he hecho cientos
de kilómetros para disgustarla.

— Disgustar a la gente es algo que
siempre se te ha dado bien —le
respondió Paula, apartando la vista—.
No has hecho otra cosa más que
atacarme durante estos cinco años —
le recordó—. Y, para tu información
— añadió acalorada — si te miraba
cuando iba al rancho era por
aprehensión, porque estaba
preguntándome cuándo saltarías, no
porque tuviera intención de seducirte.

—¿De veras? Pues la impresión que a
mí me dio la última vez que estuviste
allí, por Semana Santa, fue muy
distinta —apuntó él.

Una sonrisa insolente se dibujó en sus
labios al ver que la joven enrojecía.

Paula, que no quería recordar el modo
en que había hecho el ridículo, lo
miró airada y le dio la espalda,
cruzándose de brazos.

—Dime, ¿cuánto tiempo te ha llevado
perfeccionar esa pose de inocencia?
—le preguntó Pedro, poniéndose
frente a ella.

—Oh, años —le contestó Paula
sarcástica.

Harry alzó la barbilla y la miró con
arrogancia.
—Pues tal vez con otros te funcione,
pero no conmigo. No me creo que
hayas llegado hasta donde has llegado
en el mundo de la moda sin haber
hecho ciertas... “concesiones” Jamás
me convencerás de lo contrario.

—¿Por qué iba a molestarme siquiera
en intentarlo? —replicó ella—. Al fin y
al cabo tú nunca te equivocas,
¿verdad?

—Raras veces —farfulló él sin ninguna
modestia—, y hasta ahora todavía no
me he equivocado con ninguna mujer
— añadió.

—Pues conmigo te equivocas, y no
sabes nada de los trabajos que hago
como modelo —le espetó Paula.

—Sé más de lo que crees —la corrigió
él — porque tenemos un conocido
común.

Paula dejó pasar esa enigmática
respuesta, y volvió al camino,
diciéndose que ya le había concedido
demasiado tiempo.

—Es de muy mala educación
marcharse sin despedirse —le
dijo Pedro, yendo tras ella.

—Oh, vaya, usted perdone, señor
Alfonso — dijo, riéndose con
ironía—. Pues adiós. Aún no he
desayunado, y estoy segura de que en
el comedor encontraré a alguien a
quien mi presencia no le resulte tan
indigna; Porque, aunque no lo creas,
hay gente que no me ve sólo como
una portada de revista que anda y
habla.

—Pobres inocentes...

Paula le lanzó una mirada airada.
—Piensa lo que quieras. No me
importa.—Pero no era cierto.

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